Tener razón (siempre)
Hay personas que no conversan, compiten. No escuchan, esperan su turno para responder. No dudan, dictan sentencia.
Son aquellas que siempre quieren tener razón y estoy segura que conocen a más de una que cae en esta descripción. Y no es que se equivoquen, todos lo hacemos, es la necesidad constante de imponer su verdad como única versión posible.
Detrás de esa urgencia suele haber más inseguridad que certeza, para ellos tener razón se convierte en una forma de reafirmarse, de no sentirse vulnerable y de no perder control. Pero el costo es alto: relaciones tensas, equipos desgastados y conversaciones que no construyen nada.
En el ámbito profesional esta actitud bloquea, porque las mejores decisiones no nacen de la imposición, sino del balance de ideas. Un líder que escucha y admite que no lo sabe todo no pierde autoridad, la fortalece.
¿Cómo manejar a alguien así sin caer en el mismo juego? Primero, no competir. La confrontación directa suele alimentar el problema.
En lugar de responder con la misma rigidez, conviene hacer preguntas: “¿Qué te lleva a pensar eso?” Preguntar obliga a argumentar, no a atacar.
Segundo, llevar la conversación a objetivos comunes y datos concretos porque cuando el foco deja de ser el ego y pasa a ser la meta, la tensión disminuye. Tercero, elegir las batallas: no todo merece una discusión y ceder en lo irrelevante no es debilidad, es inteligencia emocional.
También es válido poner límites con firmeza: “Déjame terminar” o “Escuchemos ambas posiciones”. La calma desarma más que la agresividad. Y quizá lo más honesto sea reconocer que todos, alguna vez, hemos querido tener razón a toda costa.
La madurez no está en ganar cada discusión, sino en saber cuándo escuchar porque perder una discusión puede ser, en realidad, ganar una relación.
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