El agua es un componente esencial en cualquier vivienda, no importa la condición social de quienes la habiten, el material de la construcción, si está en un sector distinguido de una gran ciudad, en una aldea o a orillas de un camino.
Contar con agua permanente por cañería hace innecesaria la utilización de reservorios para asegurarse contra fallas del servicio, un hecho que le resta confiabilidad.
La constancia, junto a una presión permanente y la limpieza o sanidad del agua en su origen, son elementos distintivos de un servicio de calidad. Pero esto le cuesta bastante al proveedor, sea una corporación, un instituto o una “cora”.
Cuando un organismo internacional, como puede serlo el PNUD o la OMS, se ocupa de la salubridad o nivel de bienestar de una comunidad, uno de los indicadores utilizados es el agua que llega a los hogares.
Si estos detalles no están integrados en los programas de educación, en los cuales la sociedad invierte cientos de miles de millones de pesos cada año, deben de estarlo, porque además de ser un distintivo de civilización, es un bien que debe ser valorado desde la conciencia.
Todo dominicano debe conocer el valor del agua, tanto la que corre por una cañada, un arroyuelo, un río, o se encuentra en los límites de una laguna, un lago o una represa.
Al dominicano le gusta tener su carro, o cualquier tipo de vehículo, limpio. En algunas personas esto parece una obsesión.
Usar el agua del acueducto con este propósito es un despropósito. Pero ocurre, todos los días, muchas veces al día en muchos lugares a la vez en cualquier parte del país.
Los responsables de llevarla desde las fuentes a los hogares dan un servicio que mucha gente recibe y no lo paga.
Alguien debe instruir contra estos lisios, y nadie mejor que el sistema educativo, que debe incluir la justa valoración y uso apropiado del agua como parte de la urbanidad.