También debí haberle preguntado

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Esta semana fue movida, con varias invitaciones a aguinaldos y encuentros, comenzando con el de los compañeros de la universidad, al cual no pude asistir, pasando por el de los amigos de la juventud, hasta el encuentro navideño de este periódico.

Cuando entré al salón, de inmediato pude observar al Doctor Molina Morillo que, siempre afectuoso, me recibió. Al ubicar dónde me sentaría, me fijé que dos pensadores tenían un lugar vacío, al lado, y ahí me senté.

El primero de ellos, a quien llamaremos “el práctico”, lo conocí hace varios años en cancillería; un gran estudioso que visualiza las variables económicas como pocos y que, actualmente, se encuentra sumergido tratando de descifrar cómo fue que se concibió el presupuesto, pues ni los números concuerdan, ni mucho menos, se ha respetado el orden legal al confeccionar el mismo, ya que está plagado de violaciones a las leyes y a la constitución.

El otro, a quien llamaremos “el optimista”, es un ejecutivo de alto rango con una historia impoluta de servicio en diversas empresas, un experimentado analista, columnista, que con una amplia hoja de servicios, es consultado por muchos cada vez que se quiere saber qué dirección lleva el viento.

La conversación fue sumamente amena. Como siempre escuché e intervine brevemente, como lo haría un pelotero Triple A en un juego de grandes ligas.

En un momento determinado llegamos a un punto clave: ¿qué nos depara el futuro? Antes de profundizar, “el práctico” hizo una inflexión respiratoria que desde ese momento respondió la interrogante en lo que a mí se refiere; luego agregó su análisis ateniéndose a números y proyecciones sin tomar partido.

“El optimista”, que desde ya, tiene mi reconocimiento por su envidiable ánimo, apeló a la comparación con las épocas superadas, recordando el 1965 y el balaguerato, y cómo ahora gozamos de mayores libertades. Como no conocí la época, respeté el argumento.

Debo reconocer que es admirable que luego de tanto tiempo conociendo la realidad de nuestro país, ambos hayan mantenido posiciones equilibradas o inclinadas hacia lo positivo, incluso recordándoles yo, la historia y la suerte de la gran mayoría de los dominicanos que han querido hacer las cosas bien o han asumido, con todas sus consecuencias, el papel de héroes.

Fue un verdadero privilegio compartir con dos mentes preclaras, tanto, que sé que ambos saben que a pesar de la voluntad de ambos de seguir luchando, quien les escribe, autoproclamado “el pesimista”, al final, probablemente tenga razón.

Lo que sí que fallé, pues a Marien, también presente, debí haberle preguntado…

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El Día

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