Hace pocos días leí el más reciente libro del escritor español Pedro Baños, titulado El tao de la guerra. El texto hace un depurado análisis sobre los fundamentos expuestos por el legendario Sun Tzu y su aplicación en China, desde sus milenarios orígenes hasta tiempos recientes, colocando especial énfasis en el mandato hegemónico iniciado por Xi Jinping en 2012. En el presente trabajo me propongo, inspirado en el estratega oriental, extraer los conceptos más representativos de estos aceptados y ampliamente discutidos preceptos.
Orígenes y criterios
del general Sun Tzu
Hace poco más de dos mil quinientos años, en un reino chino sacudido por guerras entre estados rivales, un militar llamado Sun Tzu escribió un tratado breve, casi lacónico, que había de sobrevivir a todas las dinastías, a todas las guerras y, sorprendentemente, a todos los cambios de época, es el universalmente conocido Arte de la guerra. Lo notable de este texto no es sólo su vigencia militar —que la tiene, y ha sido estudiado en academias castrenses de Occidente y Oriente por igual— sino su capacidad de trascender el campo de batalla para iluminar dos de las arenas más competitivas de la vida contemporánea: la política y los negocios.
Sun Tzu fue un teórico de la inteligencia aplicada. Su máxima más citada dice: “La victoria suprema consiste en someter al enemigo sin combatir”; para este tratadista militar, el conflicto directo es el recurso más costoso, y quien lo evita mediante el cálculo, la posición y el conocimiento profundo del terreno y del adversario, ya ha vencido antes de que la batalla dé inicio.
Trasladado a la política, este principio adquiere una relevancia notable. Las democracias modernas son, en esencia, campos de competencia permanente, por el voto, por la narrativa pública, por el control de la agenda. El político que entiende esto lo aplica como recurso estratégico, para con él, trazar los complementarios aspectos tácticos. Sun Tzu añadiría que para ganar la competencia se exige conocer el terreno —la opinión pública, las instituciones, los tiempos— mejor que el adversario mismo.

Conócete a ti mismo, y a tu rival
Ningún principio del tratado ha sido más repetido, y pocos han sido tan mal comprendidos y pobremente aplicados como ese. Sun Tzu propone un ejercicio disciplinario concreto: el liderazgo exitoso, militar, político o empresarial, exige un diagnóstico honesto de las propias capacidades y limitaciones, tanto como una lectura precisa de las fuerzas, debilidades y motivaciones del competidor.
En la arena empresarial, esta idea se ha convertido en doctrina en las escuelas de negocios: el análisis FODA, la inteligencia competitiva, la vigilancia de mercado, son variaciones modernas del mismo principio. Las empresas que fracasan no son necesariamente las más débiles, sino las que sobrestiman su posición o subestiman a quien compite por el mismo espacio o cuota de mercado.
En la política latinoamericana en general, incluida la nuestra, este principio cobra una dimensión particular. Los liderazgos que perduran más allá de coyunturas electorales favorables son aquellos capaces de leer con honestidad y precisión su propio momento histórico: cuándo consolidar, cuándo ceder, cuándo esperar. La impaciencia estratégica, esa incapacidad de esperar el terreno propicio, ha sepultado más proyectos políticos que la propia oposición.
El terreno y el tiempo
Sun Tzu dedica extensos pasajes a la importancia del terreno: no todo espacio de batalla favorece por igual a quien lo ocupa. Esta noción, trasladada a la competencia contemporánea, se traduce en algo que tanto políticos como empresarios conocen bien: el momento de una idea importa tanto como la idea misma. Una propuesta política correcta, lanzada en el momento equivocado, fracasa; una decisión empresarial acertada, ejecutada sin lectura del contexto de mercado, se diluye.
La paciencia estratégica —virtud que Sun Tzu valoraba por encima del coraje impulsivo— es probablemente la lección más difícil de aplicar en sociedades que, como la nuestra, se desarrollan bajo la tiranía del ciclo noticioso inmediato. Gobernar y competir con visión de largo plazo, resistiendo la tentación de la victoria rápida y superficial, es un ejercicio de disciplina que pocos líderes contemporáneos logran sostener.
Uno de los aportes menos explorados del tratado es su concepción del general ideal, el que promueve el liderazgo silencioso. Aquel que calcula en quietud, el que delega con confianza, el que construye condiciones antes de exigir resultados. Esta idea contrasta con la tentación tan presente en la política mediática de nuestros tiempos, de confundir liderazgo con exposición constante, ruido con autoridad.
En las organizaciones empresariales modernas, esta lección se traduce en modelos de gestión que privilegian la construcción de equipos capaces por encima del protagonismo individual del líder. En la política, se traduce en la diferencia entre el gobernante que administra la percepción y el que administra, efectivamente, las condiciones reales del país o del territorio.
Una lectura para la
sociedad de hoy
Volver a Sun Tzu, más allá de adentrarnos a un ejercicio de nostalgia intelectual o una simple metáfora de guerra aplicada a la vida civil, es un recordatorio de que la competencia —política, empresarial, institucional— responde a principios de estrategia que la naturaleza humana no ha modificado sustancialmente en dos milenios y medio. Cambian las herramientas, las tecnologías, los escenarios; permanece la necesidad de conocerse, de leer el terreno, de administrar el tiempo y de preferir, siempre que sea posible, la inteligencia sobre la fuerza.
La sociedad dominicana de hoy atraviesa transformaciones profundas de orden político, económico, social y cultural, la vigencia de estos principios no debería sorprendernos. Toda comunidad que compite, que aspira, que construye futuro, necesita estrategas antes que combatientes; necesita, en el sentido más noble del término, el arte de saber vencer sin necesidad de destruir.
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