Súcubo e íncubo
La unidad del concepto feminicidio no tiene esencia. Por lo que entiendo, el feminicidio es, en realidad, un uxoricidio, que quiere decir el homicidio del cónyuge, sin importar si es el hombre que mata, o viceversa.
Del mismo modo, está la mujer súcubo y el hombre íncubo, que atestigua de la naturaleza de ambos, por separado, y que no se asocia tan fácilmente a los feminicidios. Con los feminicidios, tenemos, pues, que la mayoría de las veces, el hombre mata a la mujer y se suicida; en cambio, cuando la mujer mata al hombre, esta jamás se suicida. ¿Por qué ocurre esto? En primer lugar, por la protección social de que goza la mujer frente a la sociedad, a simple vista. En cambio, el hombre feminicida se ha vuelto un estereotipo.
El término “súcubo” proviene del latín succuba, derivado de succubare, que significa “yacer debajo”. Es muy posible, que este indicativo sea más complejo que la protección social que se le niega al hombre en una relación marital.
Visto el problema de este modo, vamos a sugerir el concepto de violencia feminicida. Es vectorial y apunta a la mujer, como la víctima sobre quien recae. Pero, la mujer víctima no es sinónimo de la parte pasiva del delito; a veces ocurre que la víctima puede ser culpable, la única culpable, incluso de que esté muerta. ¿Por qué? La victimología tiene muchas enseñanzas; no es una criminología al revés; la tipología de víctimas, refiere que esta puede ser culpable, tan culpable como el agresor, provocadora, aunque la mayoría del tiempo sea inocente.
El término “súcubo” no fue acuñado por una sola persona concreta, sino que surgió en la tradición medieval europea para describir a un demonio femenino que, según las creencias de la época, seducía a los hombres mientras dormían.
La idea aparece en textos religiosos y demonológicos de la Edad Media, especialmente dentro de la tradición cristiana. Uno de los autores que ayudó a popularizar el concepto fue Tomás de Aquino, quien mencionó a los súcubos e íncubos en sus escritos teológicos del siglo XIII. Más tarde, obras como Malleus Maleficarum difundieron aún más el término y la creencia. El equivalente masculino es el “íncubo”, un demonio que supuestamente visitaba a las mujeres durante el sueño.
Las raíces de la violencia feminicida son muy profundas. Es ingenuo creer que se trata de una violencia automática, aunque sí, tiene un carácter impulsivo; es decir, no planeada. Cuando esta gatilla en el cerebro del hombre agresor, es por una circunstancia a la que el hombre no puede resistirse.
Los feminicidios tienen múltiples causas y concausas, y suelen estar asociados a factores reales, algunos ya estudiados por las ciencias de la conducta: violencia doméstica, machismo, control y celos extremos, desigualdad de género, abuso psicológico y físico, entre otros. Es importante acotar que contribuye negativamente al problema, que el hombre mantiene en la pobreza a las mujeres y el Estado mantiene en la pobreza al hombre.
Si deseamos que el problema mejore, la solución está en el Estado dominicano; en cambiar su relación con el hombre. Tal exhortación vale para contextos foráneos, como la novela de Gustavo Moreno, “sin tetas no hay paraíso” (2005); “las hijas de Juárez”, de Teresa Rodríguez, en colaboración con Diana Montané y Lisa Pulitzer.
Fueron verdaderos epicentros del dolor. Las causas del feminicidio, en el paisaje social y político, crecen de manera brutal, y repercuten a nivel jurídico y cultural, sin que lleve un poco de alivio a las familias de las víctimas.