Soldados del pueblo
Son siempre momentos gloriosos, puntos luminosos en el calendario de la civilización, aunque realmente escasos, aquellos en que las Fuerzas Armadas oficiales, concebidas y armadas desde el Estado Burgués, logran desdoblarse y adquirir su verdadera identidad en el fragor siempre dulce de las masas populares, cuando llegan las horas de los hornos, cambiándole el sentido a las balas y apuntando hacia arriba, hacia donde debería ser.
No son los más, pero si los más gloriosos de la historia, esos momentos en que los ejércitos regulares abandonan sus cadencias, sus maniobras, sus brillantes chapitas, sus rimbombantes títulos y sus lustrados uniformes y se suman a las plazas, se quitan las botas y usan chancletas, comparten el mendrugo de pan, y vuelven a ser lo que realmente son.
La superestructura del Estado nacional burgués ha diseñado y perfeccionado con el paso del tiempo una fuerza militar funcional a la defensa del estatus quo; eso es la defensa de los intereses de las clases que detentan el poder; doctrina que mantiene cierta fidelidad con el origen de los ejércitos de los príncipes. Los militares, regularmente oriundos de las capas más pobres, anteriores vasallos y esclavos, tienen que ser fuertemente ideologizados, manipulados y deslumbrados, para desclasarlos y convertirlos en defensores de unos intereses contrarios a los propios.
Pero han habido momentos de quiebre, en los que la tortilla se vuelve y en que se produce ese reencuentro que sella para siempre la unidad cívico militar.
Momento estelar como en la Toma de La Bastilla, en que La Gardes Françaises (Guardia Francesa fundada en 1563), que sufría los embates de una monarquía decadente, representada en el "Rien" (en español: "Nada")" escrito por un Luis XVI en Versalles, totalmente ajeno y disociado de la realidad, mientras las multitudes irredentas se movilizaban y hacían barricadas por todo Paris, solicitando pan, sufragio universal e igualdad, quedó neutralizada por el olor de la sangre hermana. La Guardia Nacional, la milicia surgida durante ésta, la más grande Revolución burguesa, después jugó un papel notable durante la Comuna de Paris en 1971 y permitió instaurar un régimen popular autogestionario, referente obligatorio como experiencia de democracia participativa para todos los pueblos del mundo.
En la España Republicana se dio también un episodio inigualable cuando una parte sana de las fuerzas armadas, muy viejas y tradicionales, frente al nefasto Pronunciamiento del 17 y 18 de julio de 1936, permaneció leal a la República y terminó abrazando a los sectores populares y sus ideales de progreso material y dignificación humana. Los gudaris de la Euzko Gudarostea (Ejercito Vasco) que agrupó a las guarniciones militares republicanas del pueblo de Euskal Herria, uno de los más sufridos durante y después de la Guerra, no deben ser jamás olvidados.
Casi cuatro décadas después, los soldados portugueses con claveles en sus fusiles, cantando "Grândola vila morena", gestaron un movimiento que derrocó el 25 de abril de 1974 la Dictadura Salazarista que desde 1926 dominaba Portugal. Usaron los fusiles para implantar la "Terra da fraternidade. Porque. O povo é quem mais ordena/ Dentro de ti, ó cidade"
Por su parte, los soldados dominicanos pueden darse el lujo de figurar en las páginas de esta historia escasa y luminosa. El Movimiento Enriquillo, creado por el armador Coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, le cambió el rostro a las Fuerzas Armadas que la intervención militar norteamericana había dejado y que la dictadura de Trujillo había usado para mantenerse a sangre y muerte.
Los militares, que habían dado el Golpe De Estado a la constitución más progresista de la historia dominicana y al proyecto de nación que representó, organizaron un complot para recuperar el orden constitucional y pronto instalaron un gobierno provisional civil. Con la Intervención Norteamericana del 28 de abril de 1965, los mismos militares patriotas que tomaron el camino de la defensa de los intereses de las mayorías, se convirtieron junto a los caudales y caudales de civiles, en un ejército de resistencia antiimperialista, frente a la bandera mancillada. La Academia 24 de Abril en el Parque Hostos donde cientos de civiles eran entrenados en las artes de la Guerra pero sobretodo dignificados en la verdad de defender la vida; las Unidades Móviles, instrumentos claves para la defensa militar del país; el Cuerpo Élite de los hombres ranas, los Comandos territoriales compuestos por civiles, el mismo Gobierno colegiado y mixto de Caamaño, pero sobretodo, la muerte de Juan Miguel Román y de Fernández Domínguez, juntos en la misión para recuperar el Palacio Nacional, sellaron para siempre la impronta de la unidad cívico-militar, cuño característico de la epopeya más importante de la República Dominicana durante el siglo 20.
Recordemos pues las estrofas de la canción alegórica de Cuco Valoy, quien para la época cantaba a viva voz, recuperando la doctrina que primó en las Trincheras del Honor diciendo "Maldito sea el soldado que obedece a un superior para asesinar a su patria." Y "Maldito sea el soldado que le da la espalda al pueblo para seguir a unos pocos."
Ocurrió que décadas después, y hasta el sol de hoy, cuando el fusil militar volvió a cubrirse de claveles y glorias, cuando el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), muy parecido al "Movimento das Forças Armadas" de Portugal, fue fundado en la clandestinidad en 1983 bajo el juramento Samán de Guere, donde Hugo Chávez y un puñado de hombres como Acosta Carles, Urdaneta Hernández, Arias Cárdenas y Acosta Chirinos juraron "No dar descanso a su brazo ni reposo a su alma hasta no quebrantar las cadenas que oprimen a su pueblo". Así comenzó lo que hoy es una de las revoluciones más importantes del siglo XXI. Memorable también el recuerdo de la 42 Brigada de Paracaidistas situada en Maracay, el 13 de abril de 2002, recuperando al Presidente y reinstaurando el orden constitucional y el proyecto de democracia participativa y protagónica que hoy vive Venezuela.
Pero para hablar de soldados del pueblo en Nuestra América, no se pueden dejar de recordar a otros que honraron su uniforme y lo llenaron de dignidad, como son el General Omar Torrijos en Panamá, Juan Francisco Velasco Alvarado en Perú y los Generales René Schneider y Carlos Prats, cuya "doctrina y misión es de respaldo y respeto a la Constitución Política del Estado". Y de quien Quilapayún cantaba "Mi General nos decía, con gran determinación, respeten la voz del pobre, defiendan a la nación".
Especial mención y análisis se merecen en las lejanas tierras árabes Gamal Abdel Nasser en Egipto, y la larga historia del Coronel Gadafi en Libia, sobre los cuales habría que escribir un artículo particular.
No creo que haya otra mejor forma de terminar que dejarles con Nicolás Guillen y su poema "No sé por qué piensas tú", que resume, pues, todo lo que he podido o querido decir en las líneas anteriores.
No sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo,
si somos la misma cosa
yo,
tú.
Tú eres pobre, lo soy yo;
soy de abajo, lo eres tú;
¿de dónde has sacado tú,
soldado, que te odio yo?
Me duele que a veces tú
te olvides de quién soy yo;
caramba, si yo soy tú,
lo mismo que tú eres yo.
Pero no por eso yo
he de malquererte, tú;
si somos la misma cosa,
yo,
tú,
no sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo.
Ya nos veremos yo y tú,
juntos en la misma calle,
hombro con hombro, tú y yo,
sin odios ni yo ni tú,
pero sabiendo tú y yo,
a dónde vamos yo y tú
¡no sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo!