Sin Censura
Ella te perdona, Rafelito
Postrada en su ocaso, doña P trata, en medio de sus limitadas facultades físicas, de explicarse a sí misma por qué su hijo, que le había dado tantas esperanzas y seguridades de que no perdería la visión en su ojo izquierdo, no logró materializar su anhelado sueño. Las lágrimas no han cesado en cada encuentro tierno, la convaleciente madre susurra a su vástago para reclamarle una explicación, o al menos, que le diga algo de la frustrada gestión. Y es que doña P nunca comprenderá, por sus limitaciones a que la han llevado dolencias terminales, que en este mundo al que ella nos trajo, hay seres humanos que la bonanza y opulencias súbitas lo transforman en monstruos, que por momento olvidan sus orígenes y raíces. Por éso, doña P sabe que por esta vida pasan muchas personas, que van, que vienen, que hacen de todo, y otras que no hacen nada, ni por ellas mismas ni por nadie. A pesar de todo, doña P y yo, Rafelito, te perdonamos.