Si amas la vida, vacúnate

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Altagracia Suriel

La tercera ola de Covid-19 está causando estragos en nuestro país creando secuelas de contagios y muertes a todos los niveles.

Las Unidades de Cuidados Intensivos de los Hospitales (UCI) están desbordadas, los médicos y enfermeras exhaustos y cansados y el gobierno preocupado y en extremo ocupado en controlar las secuelas de esta terrible pandemia.

La impotencia y la desesperación de familias afectadas se reflejan en llanto y hasta en actos violentos para conseguir servicios médicos. Un indicativo de ello fue la respuesta del Dr. Cruz Jiminián a un joven, que en su clínica amenazaba con arma de fuego reclamando atención para su madre: “Empieza a matar ahora, porque aquí no hay cama ”.

Los médicos, los epidemiólogos y los filósofos insisten que de este virus solo nos salva la responsabilidad y la solidaridad expresada, como plantea el filósofo Byung-Chul Han, en la preponderancia del colectivismo frente al individualismo.

El Covid-19, se seguirá expandiendo con todas sus peligrosas cepas si no se asume una responsabilidad personal frente al contagio basada en las medidas de prevención pertinentes, y, sobre todo, en la vacunación.

Las vacunas contra el Covid-19 han demostrado que reducen la más importantes de las implicaciones de este virus: la muerte. Todas las vacunas que se están aplicando en el país son efectivas y eficaces para controlar ese mal.

Los especialistas plantean que tienen más de un 90 % de eficacia, lo que significa que la persona que se vacuna tiene menos probabilidad de enfermarse porque existe una reducción relativa del riesgo: sea cual sea el riesgo, se reduce en un 90 % si se recibe una vacuna.

Todos los sectores, incluyendo las iglesias católicas, evangélicas, empresas privadas, instituciones públicas deben comprometerse con la prevención del Covid-19 haciendo un llamado a sus poblaciones metas a vacunarse y concienciar sobre su importancia revirtiendo los prejuicios, mitos y leyendas asociadas a la vacunación.

Aunque por disposición constitucional nadie está obligado a vacunarse, el principio de la defensa de la vida convierte el acto de vacunarse en un deber moral. Si amamos a nuestros padres, madres, hijos, hermanos y amigos, si amamos sus vidas y nuestra vida, por ellos y por nosotros, tenemos que vacunarnos.

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