Martes, 12 de noviembre, 2019 | 9:09 am

Ser un verdadero dominicano



Es edificante leer la noticia que reseña en medios nacionales, los argumentos de Robert Neary, juez de la Corte Suprema del Condado del Bronx, en la condena a Antonio Rodríguez Hernández Santiago, asesino de Lesandro Guzmán Féliz “Junior”, quien al ser arrestado se autodefinió como “verdadero dominicano”.

En el juicio, el brillante magistrado le increpó al condenado diciéndole: “tú no eres un verdadero dominicano. Los verdaderos dominicanos trabajan duro, buscan educación y obedecen la ley”.

Oportuna afirmación, sobre todo, porque proviene de un extranjero que, libre de prejuicios y estereotipos asociados al racismo, comprende la esencia del verdadero dominicano definiéndolo como trabajador, amante de la educación y respetuoso de la ley. Eso es ser un dominicano auténtico.

Los que se escudan en un falso nacionalismo para cometer fechorías lo que hacen es deshonrarse así mismo, no los buenos dominicanos. Un verdadero nacionalismo debe fundamentarse en buenas acciones que induzcan a ver a nuestros nacionales como referentes de valores y buenas costumbres.

La mejor forma de representar la patria y darla a conocer es siendo ejemplo de laboriosidad, responsabilidad, honestidad, solidaridad, justicia y fe donde quiera que estemos, viviendo una vida coherente y acorde con el legado de nuestros antepasados que construyeron una sociedad pacífica, basada justamente en el respeto al otro y la convivencia armoniosa.

Urge rescatar el valor de la verdadera dominicanidad, sobre todo, en los jóvenes. Ser dominicanos no solo es exhibir la bandera, el escudo o cantar el himno. Tampoco es banalizar el nombre de los héroes que lucharon por las libertades que hoy disfrutamos y que gestaron la dominicanidad.

Ser un verdadero dominicano es, sobre todo, huir de la vida fácil, del camino de la delincuencia y el vicio, aunque los artífices del mal presenten como paradigma el éxito basado en el dinero mal habido, el poder que corrompe y los negocios sucios.

Los verdaderos dominicanos, que apuestan por la decencia, son la esperanza del cambio y los arquitectos de la paz que tanto anhelamos en el país. Una paz de la que debe ser portador cada ciudadano de este pueblo, aquí y en tierras extranjeras.

Altagracia Suriel

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