Estoy segura de que todos alguna vez le hemos recomendado a otra persona que la clave siempre es ser uno mismo. Incluso todas esas teorías motivadoras que existen te llevan al autoconocimiento y a ser tú mismo sin importar el escenario. Y ahí entra una linda palabra: teoría. Luego, llega la práctica.
Hace unos días le di este maravilloso consejo a alguien muy cercano a mí, pensando que estaba dándole la herramienta perfecta. Cuando me miró a los ojos y me dijo: “¿Qué pasa cuando ser uno mismo no es suficiente?”. He de reconocer que no estaba preparada para esa respuesta, porque en mi cabeza no había opción para que esta máxima no funcionara.
Ahí fue que me di cuenta de lo fácil que es teorizar, dar consejos sin entender la realidad de los demás y, sobre todo, generalizar cuando cada persona tiene sus propios fantasmas que los demás no conocemos.
Ser uno mismo está muy bien, claro que sí, pero también es necesario sobrevivir en los diferentes contextos en los que te tocan, adaptarte, evolucionar, empatizar, incluso cerrar puertas. A veces incluso hay que ir en contra de uno mismo, hacer o decir cosas con las que quizá no se está cómodo, pero que te ayudan a integrarte y a que te acepten.
Los más puristas me dirán que es mejor irte de ese lugar si no te aceptan como eres. Ahí entramos en la conclusión de que si hiciéramos todo eso, seríamos islas y, al final, somos seres sociales.
Eso implica que debemos desarrollar nuestra capacidad de adaptación. No sé… Sigo creyendo que ser uno mismo es la clave, aunque también reconozco que en aquellas ocasiones en que eso te lleva a ser infeliz, es mejor fluir y adaptarte, siempre con unos límites que nunca cruzarías, claro está.