Lunes, 17 de junio, 2019 | 5:48 am

Ser líder de sí mismo



A propósito de la proliferación de aspiraciones políticas y de otra índole es pertinente reflexionar sobre la necesidad de ser líderes de nosotros mismos, antes de querer gobernar un pueblo o dirigir cualquier institución.
En buen dominicano, muchas veces decimos que “hay muchos caciques y pocos indios”.

Siempre sobran los que quieren ser jefes, pero no los que quieren trabajar. Se quiere ser primero en todo y mandar a cualquier precio, a sabiendas de que no se tiene control ni de la propia vida.

En ese afán de mandar sin autoridad moral se enquistan en los ámbitos políticos, empresariales, sindicales y eclesiales, líderes inconsistentes, incoherentes, abusadores, megalómanos y hasta enfermos mentales, cuyas acciones producen consecuencias nefastas para la sociedad.

Muchos modelos plantean el éxito como evidencia de un liderazgo efectivo. Sin embargo, hay grandes fracasados que fueron muy exitosos. Hitler es uno de ellos.

Su solución final frente a los judíos para él fue un hito estratégico pero hoy es la mayor vergüenza de la humanidad.

Por eso nadie recuerda a Hitler como un líder, sino como un demente asesino, lo mismo que al tirano Trujillo y otros líderes totalitarios que sustentaron su poder en la maldad como expresión de exceso, falta de control y desequilibrio.

Stephen Covey, en sus enfoques de liderazgo, plantea que hay que pasar de la efectividad a la grandeza que se asocia con la trascendencia positiva o que deja huellas de bien en cualquier terreno que pise el líder.

El liderazgo trascendente es el de los individuos que han logrado conquistarse a sí mismos.

Una conquista que se traduce en dominio del ego, de la ira, del odio, los resentimientos y las bajas pasiones, en vivir desde la conciencia, la confianza y la honestidad en la vida privada y en la pública.

El trabajo de mejora personal debe ser la tarea primordial del que quiera que lo sigan. Al liderazgo basado en el allante solo lo sigue la gente de su misma calaña o los ignorantes pero no por mucho tiempo, porque el engaño, como mal, nunca es sostenible.

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