Sanar no es una línea recta
Nos han hecho creer que sanar es avanzar sin pausas y, que si lo estás haciendo bien, cada día duele un poco menos, cada semana estás más fuerte y, en algún punto, simplemente se te pasa. Pero no funciona así. Sanar no es una línea recta.
Es un proceso incómodo, irregular, lleno de avances que no siempre se sostienen y de días en los que sientes que vuelves al mismo lugar del que creías haber salido.
Eso no significa que estés fallando. Vas a tener días en los que una emoción vuelve, sin aviso, con la misma intensidad y ahí es donde no debes castigarte porque no estás retrocediendo: estás atravesando otra capa del proceso. Quizá el verdadero progreso no está en no caer, sino en cómo te tratas cuando caes. En la capacidad de perdonarte por los días difíciles, de entender que cada emoción tiene un lugar y sentirlo sin convertirlo en un fracaso personal.
Te exiges estar mejor, te juzgas por no haber “superado” algo, te comparas con una versión tuya que crees que deberías ser y en ese juicio constante es donde más te alejas de sanar. No hay que hacerlo perfecto, no tienes que sentirte bien todo el tiempo.
Hay que hacer uso de la paciencia, sanar también es perdonarte por los días en los que no puedes. Es entender que sentir no es fallar y es darte espacio cuando lo necesitas y no convertir cada recaída en una derrota. No se trata de no caer, se trata de cómo te recoges cuando caes.
Y si algo realmente te va a acercar a estar mejor, no es la prisa ni la exigencia, es la capacidad de ser más tolerante contigo mismo mientras atraviesas el proceso. Eso también es sanar.
