Salvar la patria

Salvar la patria

Salvar la patria

Roberto Marcallé Abreu

MANAGUA, Nicaragua. Lo definitivamente cierto es la compleja y peligrosa situación del mundo actual. Y, por supuesto, y a muchos niveles, de la República Dominicana, que es el fundamental objeto de nuestro interés.

Es innegable que la pandemia produjo transformaciones profundas en los seres humanos. Y, además, en contados meses, hemos tropezado con un peligroso estado de cosas, tanto a nivel nacional como internacional, tan complicado como desesperanzador.

La pregunta crucial es qué debemos hacer. Cómo hacer frente a estas nuevas realidades que nos afectan gravemente: desde un cambio radical en las situación interna de nuestro país así como los complicados retos que supone superar este complejo estado de cosas.

En principio, resulta evidente que la manera de ser del dominicano ha sufrido cambios profundos. Muchas de estas transformaciones se originaron en las crisis provocadas por la brusca aparición de la pandemia entre nosotros (el miedo al contagio, las tantas muertes, la falta de disponibilidad de las vacunas al principio, la escasez de alimentos, el toque de queda y la limitación en el desplazamiento de las personas, la pérdida masiva de empleos, la interrupción de situaciones que han incidido de manera determinante en nuestros avances, como el turismo, las graves dificultades que, a todos los niveles, ha sido necesario enfrentar en la vida cotidiana).

Esta suma de situaciones ha provocado una profunda insatisfacción, mayor descontento y rebeldía generalizados así como problemas en la gobernabilidad. Resulta imprescindible introducir la variable determinante de la administración más corrupta de toda la historia nacional (2012-2020) cuyos responsables y ejecutores procuraban extender sus dominios alterando los resultados de las próximas elecciones, pese a que sus niveles de impopularidad e insatisfacción del ciudadano eran posiblemente los más elevados de todo nuestro discurrir histórico.

La situación de caos administrativo y apetitos desbordados durante ese lapso de tiempo provocó, a su vez, un incremento y fortalecimiento de los grupos delincuenciales que ya habían extendido sus dominios gracias a sus vínculos públicos con el poder.

La alteración de todas las variables de la gobernabilidad provocó, en la población, un trastorno profundo en lo concerniente a gobernabilidad, desajustes psicológicos, desobediencia civil, crímenes, delincuencia generalizada, irrespeto a la ley.

El triunfo electoral del presidente Luis Abinader introdujo un cambio radical en ese estado de cosas porque la nueva administración dio pasos firmes encaminados a reorganizar el caos dejado tras de sí por los anteriores gobernantes.

La presencia de un dirigente político sereno, conciliador, riguroso contra los desafueros y la corrupción, que dio libertad al Poder Judicial para proceder contra sectores políticos desaforados, permitió que el país empezara a reorganizarse rápidamente. No obstante, problemas de índole y arraigo social profundo persistieron provocando trastornos a su ejercicio.

Por ejemplo, la crisis haitiana y sus repercusiones en territorio dominicano. La política de ‘aliados’. El estado de desorden y masiva corrupción promovido y estimulado por las anteriores autoridades, lo que representaba un problema logístico de gran alcance.

Así como el hecho de ser un país con instituciones erosionadas e inconsistentes y no disponer, a diversos niveles, de un equipo lo suficientemente leal, numeroso y estimulado para hacerle frente a tantos males y problemas.

El logro más relevante del Gobierno de Abinader es que ha ido sentando las bases de la reorganización y del orden en la sociedad dominicana pese a la oposición externa e interna.

Es una tarea difícil y compleja tras tantos años de negocios turbios en todas las áreas, así como dejadez, abandono, y la notable ausencia de sectores aptos y de actitud moral inquebrantable así como de una población con muchas deficiencias éticas y de una actitud ciudadana menguada por los tantos problemas y dificultades, las carencias, y la ausencia de una tradición consistente orientada al servicio público honorable.



Roberto Marcallé Abreu

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