La vida da sacudidas. Unas pequeñas, algunas inmensas y otras devastadoras. Son el anticipo de un cambio. No afirmaré que sea necesario, pero sí real. Llegan sin previo aviso y remueven los cimientos de tu vida.
No solemos estar preparados para ellas y, por eso, el impacto es fuerte. Aquí lo importante es cómo manejamos esas sacudidas y qué hacemos a partir de ese momento.
No me atrevo a generalizar en algo tan difícil, sobre todo cuando se trata de circunstancias desoladoras que conllevan pérdidas dolorosas. Lo que sí puedo transmitir, por experiencia propia, es que no se puede salir solo. Es imprescindible contar con una red de apoyo.
No sirve eso de “yo puedo con todo”, porque no es así. Nadie puede con todo. Y pedir ayuda no es debilidad en estos casos: es una necesidad.
Otra cosa importante es tomarse el tiempo que sea necesario para levantar la cabeza. No existe un calendario de emociones que marque cuándo se supera algo.
Cada persona lleva su ritmo, sus tiempos y no se pueden acelerar ni forzar las cosas.
Habrá momentos en los que creas que ya lo has superado y, de pronto, algo lo dinamite todo y vuelvas a echarte atrás. No pasa nada. Hay que vivirlo, dejarlo salir, permitir que te atraviese para que se vaya transformando.
Y, como leí no hace mucho, sabrás que lo has superado el día en que abras los ojos, vayas al baño, te laves la cara, te cepilles los dientes y, de repente, te des cuenta de que todavía no has pensado en eso que te mortificaba.
Día a día irás haciendo tu vida con normalidad, sin que esté presente las veinticuatro horas y cuando te des cuenta será algo residual, que anida en ese lugar del corazón donde habitan las sacudidas.
Y entonces, definitivamente, podrás volver a sonreír.