Saber decir adiós

Ana Blanco
Ana Blanco

Hay despedidas que llegan sin pedir permiso y otras que sabemos inevitables, pero vamos aplazando. Nos cuesta decir adiós porque creemos que soltar es olvidar, renunciar o aceptar que algo no salió como esperábamos. Sin embargo, despedirse también puede ser una forma de amor.

Decir adiós no significa negar lo vivido. Al contrario, significa mirarlo de frente, agradecer lo bueno y reconocer cuánto nos transformó. Hay personas, lugares, momentos y etapas que no estaban destinadas a quedarse para siempre, pero sí a dejarnos una enseñanza, un recuerdo, una versión distinta de nosotros mismos.

Quizás la paz comienza cuando dejamos de preguntarnos por qué terminó y empezamos
a valorar que ocurrió, que lo vivimos, lo disfrutamos y llegó a nuestra vida por alguna razón y se va porque es inevitable. Es cuando entendemos que una historia no pierde su importancia porque haya llegado a su final, lo vivido fue real, la alegría fue real… el amor, la amistad, los sueños y los momentos compartidos también lo fueron. Podemos celebrar una etapa incluso si su cierre duele. Podemos recordar sin aferrarnos, agradecer sin esperar un regreso y querer a alguien sin necesitar que permanezca a nuestro lado. A veces, honrar a quien se va consiste precisamente en dejarlo ir. Permitir que siga su camino y permitirnos continuar el nuestro, sin culpas, sin cuentas pendientes y sin convertir la ausencia en un dolor constante.

Que se quede la risa. Que se quede lo aprendido. Que se queden las conversaciones, los abrazos, las pequeñas historias y todo aquello que hizo más luminosa nuestra vida. Porque la mejor manera de despedirnos no siempre es olvidar, sino recordar con serenidad.

El que se va merece partir en paz. El que se queda merece seguir viviendo. Y la vida, incluso después de un adiós, merece ser celebrada.

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Ana Blanco