Lunes, 20 de mayo, 2019 | 2:47 pm

Rosalinda, ¡qué maravilla… pero,…qué maravilla!



El viejo “yipe” Land Rover que los ingleses fabricaron con un robusto chasis de un Jeep  Willys de la segunda guerra mundial y que pertenecía al comerciante Filito Ledesma, se desplazaba cargado de chucherías, mercancías y aperos de labranza por calles y callejones de polvorientas comunidades del Sur Profundo.  Socorrido de una amarillenta y estrujada lona el vehículo hacía infinitas paradas en casas y recorría carriles de extensos cañaverales donde el comerciante ofertaba artículos y productos a potenciales clientes, mayormente picadores de caña, agricultores, obreros agrícolas y empleados del ingenio.

Filito era un pintoresco mercader de Barahona. Desde esta ciudad salía bien temprano en la mañana, de madrugada, y  recorría en su icónico “yipe” por la comarca para ofertar todo tipo de producto, dando origen a una singular y verdadera ferretería-tienda itinerante.

Si el cliente necesitaba un colador de café éste se lo vendía. Filito expendía desde un capote para  capear lluvias, botas para trabajo agrícola, azadas, machetes, “mochas”, “pailas” y hasta “anafes” de carbón que eran usados para cocinar.

El negociante solía rebosar con su presencia las casas de sus clientes, sus asiduas visitas no pasaban desapercibidas. De tez morena, buen tamaño y pronunciada dentadura, Filito bajaba de su “yipe” ataviado casi siempre, con un gabán que tiraba por encima de la ropa, aún no esté lloviendo.

Se hizo muy conocida, diría que popular su auténtica y particular modalidad de crédito. La originalidad de sus ofertas hacía que sea casi imposible que el cliente se resistiera a comprarle. El fornido comerciante llegaba a las casas o se detenía a orilla de cañaverales para mostrar sus mercancías y sin que el cliente tuviera siquiera que abonar nada, éste le acreditaba el producto.

A la semana, y en plena faena de pago en los bateyes del ingenio, Filito se presentaba a cobrar las mercancías acreditadas días atrás. Los parroquianos ya lo esperaban y pagaban muchas veces, solo una parte ínfima del total de la deuda. Si el cliente adeudaba 20 pesos de un apero agrícola que había tomado a crédito, le pagaba apenas 50 centavos y el comerciante sin inmutarse, solía decir:

-“Je, je, je…tá pagando, tá pagando, tá pagando”.

Y seguía la marcha en su viejo “yipe”.

De Filito circuló profusamente la fama de que era un comerciante exageradamente rico, pero que por humildad no hacía gala de su enorme fortuna.

La popularidad de “hombre adinerado” despertó codicia en muchos padres de familia que comenzaron a hacerse la idea de casar a sus hijas con el “ricachón” de Filito para ellos, usando este subterfugio, salir así de su prolongada pobreza.

En la costera comunidad de Paraíso de Barahona había una familia que compraba al negociante y que tenía una hija hermosa, una fornida mulata de cuerpo escultural, senos grandes y firmes, nalgas estructuradas por manos divinas y una sonrisa salvaje capaz de conmover al más indiferente de los cristianos.

Los comisionistas, promotores de ventas de ropas y ajuares para tiendas que visitaban esta comunidad, un lugar bañado de embriagantes brisas marinas y donde iban a ofertar productos a dueños de tiendas, se maravillaban de la belleza de esta esbelta joven que caminaba por estas calles, indiferente a las miradas de estos mortales embebecidos. Parecería que enloquecían cuando de manera fortuita encontraban a su paso, frente a frente, en las derruidas calles de Paraíso, aquel monumento de mujer. El aura mágica de la esbelta joven le tentaba a abandonarlo todo y no retornar jamás a la ciudad para quedarse en el pequeño poblado, con la ilusión de poder conquistar el amor de tan salvaje belleza.

Pero ninguno atinó a conquistar a esta mujer. En los corrillos pueblerinos, las comadrejas de patios y los habitués al pequeño parque pueblerino comentaban que la joven estaba reservada para Filito Ledesma. Se rumoreó que la familia había decidido reservarla para un “buen partido”, entregar en matrimonio a su apetecida hija al pintoresco vendedor, quien con frecuencia le suplía de mosquiteros, camas y otros ajuares que  luego pagaban como pudieran.

“Je, je, je, tá pagando… tá pagando”.

La idea más socorrida del pueblo era que la mujer que se casara con Filito libraba a su familia de tener que incurrir en grandes gastos para comprar enseres del hogar porque, era la convicción generalizada, que el negociante los supliría todo sin problemas. Atribuían al afortunado gozar de riquezas incuantificables y que, según los residentes, disimulaba muy bien en su enorme bonhomía que adornaba con la sencillez de sus infinitas sonrisas y enormes carcajadas.

La familia no quiso esperar más y ofertó la joven al comerciante para su casamiento. Éste asintió raudo y alborozado, henchido de alegría, ya que aunque no lo expresara, estaba de manera silenciosa locamente enamorado de la bella y exuberante mujer.

Un estallido de gozo y algarabía colmó el éxtasis que vivía esta comunidad de pescadores. Los vecinos se manifestaron jubilosos ante la noticia. Don Filito orondo dispuso que se hiciera un salcocho para toda la barriada, con bebidas y un conjunto de bachata incluidos. Pidió que se anunciara formalmente y al compás de sonoras trompetas la declaración de sus amoríos con la joven Rosalinda Pérez, impoluta señorita de la sociedad de Paraíso.

Poco tiempo después se anunció la boda. Para tan especial ocasión se contrataron músicos de Barahona y el montaje lo hizo un personal llevado de la capital. Este lapso nupcial fue todo un acontecimiento, en todas las comunidades, barrios, bateyes, patios y hasta en los carriles de los cañaverales se propaló el casamiento de Rosalinda y Filito.

Cuando llegó la noche nupcial los deposados se juraron amor eterno. Tras la ceremonia se retiraron a la casa que Filito había preparado en la playa para ese momento especial.

Rosalinda estaba consciente del paso dado. Había recibido instrucciones y consejos de su madre, vecinas y amigas. Confiaba que todo saldría bien. Desde que llegó a su nuevo y dulce hogar, la joven con cimbreantes ritmos al estilo las danzas árabes, inició todo un ritual y se fue desvistiendo lentamente delante de la impertérrita humanidad de don Filito que solo atinó a decir:

-Rosalinda, Rosalinda ¡qué maravilla, qué maravilla….pero qué maravilla!!!!

Llegó la medianoche, arribó la madrugada y Filito impactado por tan inimaginable hermosura de esta mujer solo atinaba a repetir incesamente:

¡!!Pero qué maravillaaaa!!!

Decepcionada, Rosalinda recogió sus pertenencias y temprano retornó al hogar de sus padres que cuando la vieron estallaron en llantos:

-“Ay mija, no nos diga que te rechazaron, que tú no era virgen, que vergüenza…qué va a decir de nosotros la sociedad de Paraíso…ay Dios, que hemos hecho, que hicimos en este mundo para merecer este pesado castigo…”.

En el poblado corrió como “pólvora en un polvorín en llamas” la absurda e increíble noticia:

-“Filito devolvió a Rosalinda a sus padres, parece que ya era mujer y quería engañar al pobre hombre…”.

Pero la realidad era otra. Rosalinda explicó todo a sus padres.

–“Ese hombre se pasó la noche mirándome, me observaba de pies a cabeza, se detenía por ratos en mis partes íntimas, miraba al cielo y solo decía:

-¡Qué maravilla Rosalinda, pero qué maravilla…!!! Yo me jarté de escuchar eso toda la noche, a la espera de que ocurriera algo y como no ocurrió nada, ansiosa como estaba me marché, es todo…”.

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