Riesgos y fragilidad

editorial

La geografía de la guerra está, de momento, muy bien definida; no así sus efectos, extendidos cada vez más por todo el mundo de la mano con los precios del petróleo, que el fin de semana escaló hasta situarse por encima de 90 dólares el barril.

Cuando empezó la de Rusia y Ucrania, una guerra europea a la que se le puede atribuir un largo aliento si se toma en cuenta que fue iniciada en febrero del año 2022, era bastante extendida la idea de dos años para verla terminar.

Todavía, sin embargo, está en curso cuatro años después y sus actores principales parecen acomodados al fragor del conflicto como una realidad establecida de la política internacional.

A finales de octubre de 2023 empezaron los bombardeos de Israel sobre Gaza y a este punto caliente se ha sumado el de Irán con la participación activa de Estados Unidos e Israel.

Como puede ser advertido con relativa facilidad, la localización geográfica de los puntos bélicos se extienden del oriente europeo por todo Oriente Medio.

La participación directa de los Estados Unidos, la gran potencia económica y militar del mundo, es un componente llamado a extender el calor del conflicto a la economía global, particularmente por el efecto multiplicador sobre los precios del petróleo, el combustible que junto al gas todavía mueve la industria por todas partes.

Para los fines de la política internacional el mundo es una aldea, o puede ser tomado por tal. Cuando Estados Unidos aparece involucrado este efecto también debe ser aplicado a la economía.

¿Puede la gente sencilla y la multitud de los estratos medios y bajos entender esto y actuar en consecuencia? Posiblemente no, y así como puede resultarles incomprensible, tampoco entenderán cuando llegue el tiempo de las vacas flacas, o lo que es lo mismo: el de los riesgos y las fragilidades.