Reos en su propia casa
El veterano y zorruno dirigente empresarial quien también tiene un fino sentido político- me ha repetido muchas veces esta conclusión: el mayor problema de la sociedad dominicana está en sus niveles de desigualdad.
-Ricos y pobres siempre hubo, pero jamás como ahora la brecha se había hecho tan inmensa-, me indicó con un aire de alarma que, su edad, en un momento me pareció incomprensible, pues entendía que mucho ha visto llover y experiencias acumula de sobras.
Me convenció con esta reflexión: Tenemos un nuevo tipo de riqueza que se forma al vapor y que, como perverso valor agregado, se exhibe sin rubor y con toda su ampulosidad en nuestras calles.
Es diametralmente opuesta a la fortuna tradicional – formada a lo largo del tiempo, a través de generaciones y con base en los más legendarios historiales de trabajo- que suele ser discreta y a veces hasta invisible.
El otro atesoramiento de bienes que tiene como fuente el saqueo de fondos públicos, el lavado y otros delitos de cuello blanco, acomodados en el mullido colchón de la impunidad, está forzando a miles de jóvenes a hacerse visibles en una especie de retaliación que, contra la falta de oportunidades, materializan en las calles asaltando, transando drogas y asesinando.
Hay fenómenos sociales que nos sensibilizan sólo cuando sus efectos nos golpean directamente, como me ocurrió a la semana pasada cuando mi ahijada una bella mulata universitaria- fue atracada por mozalbetes que son temibles pistoleros y quizás menores que ella.
Fue bajo el sol de las 5:00 de la tarde, en una vía céntrica, de esas silenciosas, arborizadas y limpias que invitan a caminar. Impactada, atada por el miedo, temerosa de mirar hacia su propia calle, deseosa de esconderse en un palco de sombra está mi ahijada.
Este es el cuadro de miles de dominicanos, que viven bajo el espanto, con la tranquilidad saqueada, al borde de la paranoia. Caminamos hacia un país de reos entre las propias paredes de su casa.