Reino de los averiguados

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José Báez Guerrero

En la isleña república de Farafangana, de coordenadas y circunstancias relatadas, el espionaje es una pasión nacional, hasta en tiempos de pandemia. Ciudadanos ordinarios temen telefonearse, más chivos que Jason Bourne.

La Dirección Nacional de Averiguaciones (DNA), creación de un antiguo dictador, es una mezcla de la CIA, el FBI y otra gran institución, el Circo Barnum & Bailey. Muchos agentes –y contratistas particulares— se vanaglorian sin mantener secreta su afiliación como espías, fisgones o calieses.

Distintos a Holmes o Poirot, su trabajo lo facilita la tecnología, especialmente la Internet. El ilegal ejercicio privado del antiguo oficio de espía, entre amorales y depravados, se considera glamuroso.

Sus practicantes poseen enorme éxito que exhiben conspicuamente. Es pues difícil entender cómo difamadores profesionales, difusores de febriles fantasías políticas y “fake news” en redes sociales, operan sin ser descubiertos, denunciados, sometidos o al menos espantados por las autoridades.

Inexplicablemente, la sociedad y el gobierno los toleran. Una revista turística designó a Farafangana como “el reino de los averiguados”. Todo se sabe sin ninguna consecuencia.

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