Reformas de un corajudo
La Real Academia de la Lengua define al corajudo como aquel: valeroso, esforzado, valiente.
Esta definición le cabe perfectamente al nuevo presidente de Méjico, Enrique Peña Nieto, quien en menos de cuatro meses en el poder está haciendo lo que nunca se ha hecho.
Fue electo bajo el estandarte de su partido, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el cual gobernó a Méjico por más de sesenta años ininterrumpidamente, caracterizado por amarres, corrupción, y cuantas triquiñuelas le fuesen necesarias para enquistarse en el poder de forma democrática.
El PRI perdió aquellas elecciones en que ganó Vicente Fox; y hoy regresa al poder de manos del joven reformador Peña Nieto, quien viene dando muestras evidentes de querer sacar su país de aquellas estructuras que aún mantienen su nación en el tercer mundo.
Comenzó su mandato revocando el viejo modelo de complicidad entre la autoridad y el crimen, principalmente impulsado por el narcotráfico, con la clara intención de restaurar la seguridad ciudadana.
Ahí mismo apresó a la cuestionada jefa del sindicato de los maestros, reforzando su compromiso expresado de reformar la educación de su país, que además de dar un mensaje en cuanto a que para él no existen vacas sagradas, señala un camino claro para mejorar las capacidades y capacitación de su pueblo.
No conteste con reformas sociales, Peña Nieto le entró al obsoleto y disfuncional esquema petrolero, encabezado por la estatal Pemex, la cual evidencia una seria caída en su productividad, desaprovechando el abundante recurso hidrocarburo, y creándole un lastre económico al desarrollo.
Lo más reciente e increíble es su intento de reformar el sector de las telecomunicaciones, el cual por medio de privatizaciones y concesiones cuestionadas ha sido la vía para la creación de los hombres más ricos del planeta.
¡Vaya corajudo este nuevo presidente mejicano!
