Reevaluación del análisis macroeconómico y la crisis económica mundial

Economista Tomás D. Guzmán Hernández
Economista Tomás D. Guzmán Hernández

Hoy existe un consenso creciente en torno a la posibilidad de que el mundo se encamine hacia una nueva crisis económica y financiera de gran magnitud. Las autoridades económicas de numerosos países se han venido reuniendo con representantes de distintos sectores productivos, escuchando sus planteamientos y procurando diseñar medidas que mitiguen el impacto del alza de los precios sobre sus respectivas actividades.

El paradigma dominante durante las últimas décadas, sustentado en la estabilidad macroeconómica, metas de inflación anualmente definidas por los bancos centrales y políticas monetarias orientadas al control de precios, ha mostrado resultados favorables para el crecimiento sostenido de muchas economías, incluida la dominicana.
Sin embargo, la crisis actual presenta características impredecibles debido a la elevada dependencia de nuestro modelo económico basado en el sector servicios prevaleciente durante las últimas cuatro décadas. En consecuencia, aunque mejorar el marco analítico de la macroeconomía no evitará por sí mismo los efectos de una eventual crisis, sí puede ofrecer alternativas valiosas para enfrentarla con mayor eficacia.

Si observamos brevemente la evolución histórica de la macroeconomía, encontramos su punto de partida moderno en 1936, con la publicación de la obra de John Maynard Keynes, The General Theory of Employment, Interest and Money. Posteriormente surgieron las corrientes neoclásicas y neo keynesianas, que durante décadas han dominado el análisis económico internacional.

Uno de los grandes aportes del pensamiento keynesiano fue ofrecer una explicación integral sobre la determinación simultánea del producto, la tasa de interés, los precios y el empleo, incorporando la idea de que salarios y precios reaccionan lentamente a los cambios de otras variables económicas. Este enfoque permitió comprender mejor los desequilibrios del sistema y fundamentó políticas orientadas a estabilizar la economía.

Más adelante surgieron los modelos neoclásicos, que eliminaron las rigideces de precios y salarios y asumieron que los agentes económicos forman expectativas racionales sobre el futuro y actúan maximizando sus beneficios.

Posteriormente, los modelos neo keynesianos reintrodujeron las rigideces nominales, convirtiéndose en la base de los modelos dinámicos estocásticos de equilibrio general que han alcanzado notable popularidad en las últimas décadas.
No obstante, al contextualizar estas teorías con la realidad actual, surgen importantes limitaciones. Los modelos basados en expectativas racionales resultan insuficientes para explicar un escenario internacional marcado por la volatilidad geopolítica, la incertidumbre energética y las decisiones cambiantes de los grandes centros de poder económico mundial.

Vivimos en una etapa caracterizada por abruptas fluctuaciones en los precios del petróleo y sus derivados, así como por movimientos igualmente bruscos en otros activos estratégicos. Estas oscilaciones, muchas veces impulsadas por declaraciones políticas o tensiones geoestratégicas, no son compatibles con un proceso racional de determinación de precios vinculado exclusivamente a sus fundamentos económicos.

Cuando las variables fundamentales terminan imponiéndose, muchos de estos precios —inflados por factores especulativos— resultan insostenibles. En este contexto, variables estratégicas como el tipo de cambio, las tasas de interés y el precio de la energía adquieren una influencia decisiva tanto en las proyecciones gubernamentales como en las decisiones del mercado.

En síntesis, la presente crisis evidencia que muchos de los supuestos simplificadores de la macroeconomía moderna son insuficientes para explicar la complejidad del mundo actual. Más preocupante aún es que existen pocos indicios de que las teorías económicas contemporáneas estén ofreciendo herramientas verdaderamente efectivas para que los bancos centrales puedan atenuar los efectos de estas crisis mediante los instrumentos tradicionales de política económica.

En la práctica, los responsables de la conducción económica continúan apoyándose en modelos de raíz keynesiana, aunque cada vez con mayor cautela, conscientes de las debilidades estructurales que estas crisis ponen de manifiesto.
Las expectativas continúan siendo fundamentales en todas las corrientes del pensamiento económico. Sin embargo, el contexto actual está dominado por una profunda incertidumbre. Nos movemos sobre terreno inestable, condicionado por conflictos geopolíticos, tensiones comerciales y riesgos bélicos internacionales.

En tales circunstancias, el comportamiento económico suele guiarse más por mecanismos heurísticos y reacciones emocionales que por cálculos plenamente racionales. Este fenómeno fue conceptualizado por los premios Nobel George Akerlof y Robert J. Shiller bajo el concepto de “espíritus animales”, retomando una intuición originalmente formulada por Keynes para describir cómo las emociones y percepciones colectivas influyen decisivamente sobre la actividad económica.

Aunque el marco teórico keynesiano sigue siendo útil para describir ciertos comportamientos del sistema económico, muestra limitaciones importantes cuando se trata de formular predicciones precisas en contextos de alta volatilidad.
Los estímulos por el lado de la demanda pueden generar beneficios transitorios en el corto plazo; sin embargo, podrían producir efectos contraproducentes si retrasan los ajustes estructurales necesarios en la capacidad productiva. De igual forma, el manejo del desempleo será determinante, pues su aumento tiende a reducir el producto potencial, mientras que menores niveles de inversión y salarios rígidos limitan la expansión de la demanda agregada.

Para enfrentar esta complejidad, los economistas han optado por utilizar una diversidad de modelos en lugar de depender de uno solo. La formulación de políticas económicas exige cada vez más una visión integral del panorama general, apoyada tanto en el rigor técnico como en la intuición derivada de la experiencia. Esta combinación de ciencia y juicio práctico constituye, probablemente, la mejor alternativa disponible.

La crisis actual obliga a reevaluar los fundamentos del análisis macroeconómico. Más que aferrarse a paradigmas tradicionales, el desafío consiste en construir enfoques más flexibles, realistas y capaces de incorporar la incertidumbre como una variable central del análisis económico contemporáneo.

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Sobre el autor

Tomás Guzmán Hernández

Economista y contador público, egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) con maestrías en Administración Pública (PUCMM), Manejo Sostenible del Agua (PUCMM), Contabilidad Tributaria (UASD) y Riesgo de Desastres y Gobernanza del Cambio Climático (Universidad Alfonso X el Sabio (UAX) Madrid, España)