Hay días en los que te gustaría encontrar un espacio en el que refugiarte y escapar de todo lo que te rodea. Días en los que todo lo que has aprendido no sirve, en los que esos consejos que te llegan por diferentes vías no funcionan y lo único que quieres es parar el mundo y bajarte.
Esos días son necesarios, porque es cuando dices basta, te detienes, te alejas, te abrazas y comienzas a recuperarte.
Entender que muchas veces la vida va tan rápido que no te permite asimilar las cosas o que todo lo que sucede a tu alrededor es tan abrumador que no sabes cómo enfrentar hasta la más pequeña de las decisiones.
El problema está en que no nos permiten sentirnos así. De una vez parece que somos débiles o requerimos ayuda y lo único que necesitamos es poder estar en un lugar en paz, sin ruido, sin presiones, sin una realidad que no queremos, para poder mimarnos, acurrucarnos y sacar las fuerzas para volver al mundo real.
Creo firmemente en la necesidad de buscar esos momentos, de encontrar ese lugar en el cual volver a cargar las pilas.
A todos en algún momento nos hace falta ir allí, porque si no lo hacemos, es cuando la realidad nos engulle y seguimos caminando sin rumbo y sintiéndonos víctimas de todo, en vez de tener el control de las cosas.
Puede que haya quien piense que esta reflexión es derrotista, pero el tiempo, la experiencia, lo vivido y lo visto en otras personas me lleva a esta conclusión.
Hay días en los que hay que retirarse del mundo para recargar fuerzas y regresar y enfrentar todo, lo bueno y lo malo. Cada persona tiene ese lugar; ir a él no es rendirse, es volver a la lucha más fuerte.