Realidad que no cede
Cuán difícil es rescatar a un Estado cuando cae por la pendiente lo ilustra Haití sin desperdicio alguno. No importan las buenas intenciones externas, las promesas de ayuda o apoyo; si no existe una fuerza interna así sea como muleta, todo parece inútil.
El día 1 de abril pasado arribaron los primeros contingentes de la Fuerza de Supresión de Pandillas enviadas con el respaldo de la ONU.
Cuarenta días después todavía las bandas armadas por lo visto campean por sus fueros, como lo deja ver un despacho de la agencia internacional de noticias Efe según el cual el Programa Mundial de Alimentos ha advertido de la profunda crisis humanitaria que se vive en Haití por la falta de comida.
Este programa, PMA, es por cierto una agencia de la ONU, la institución que lidera los esfuerzos para llevar de nuevo a la nación vecina al orden mínimo requerido para la vida en comunidad.
Hay que decirlo de nuevo, porque acaso de tanto repetirlo llega a ser entendido de este lado de la frontera: aquella profunda crisis no es sólo la desgracia de los haitianos, es también el espejo en el que deben mirarse los pueblos del entorno.
En junio del año 2024 fue iniciado el primer intento de enfrentar los desafueros de las pandillas con fuerzas externas. Para entonces empezaron a llegar a territorio haitiano policías de Kenia que se mantendrían en el país hasta principios de abril pasado.
Según una leyenda de vieja factura, el surgimiento de las bandas se originó en la necesidad de seguridad particular entre las élites económicas. Con el tiempo estas habrían alcanzado independencia o fueron utilizadas como instrumento político.
El derrumbe del Estado haitiano no tiene su origen en el surgimiento de las pandillas, estas son, como muchas otras manifestaciones de las crisis, consecuencias de la incapacidad de los líderes de aquella nación.
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