Razón o temor

DAVID-ALVAREZ-Martín
David Álvarez Martín

SANTO DOMINGO.-Pensar racionalmente es inherente y exclusivo, hasta donde sabemos, del ser humano. Es valernos de la lógica, explorar posibilidades diversas a los problemas, siempre estar dispuestos a abandonar las explicaciones actuales cuando nos encontramos con otras mejores, dudar siempre, poner en paréntesis constantemente nuestras creencias, y sin abandonar una sana actitud crítica, favorecer los argumentos que se apoyan en evidencias independientes de nuestras circunstancias. Es la metodología de la ciencia y la filosofía. Ambas la heredan del pensamiento griego clásico.

Uno de los aportes recientes más importantes en el pensamiento racional lo brindó Karl Popper. Se denomina falsacionismo o racionalismo crítico. Consiste que toda teoría o explicación amerita ser enfrentada con un contra-ejemplo, a esa actividad se le denomina en ciencia contrastar.

Contrastar es esencial si queremos mantener nuestra mente abierta a descubrir errores en nuestras explicaciones. Si no encontramos un contra-ejemplo que cuestione nuestra explicación no significa que sea válida de manera absoluta, o verificada, significa que se puede aceptar provisionalmente, abierta siempre a futuros contra-ejemplos. Toda teoría científica, todo argumento racional, siempre es provisional, o como indica Popper es no-refutada en el momento actual.

La otra cara de la moneda del falsacionismo, y es de mucha importancia para evitar las pseudo-ciencias, las filosofías literarias, los fundamentalismo políticos y religiosos, las ideologías para tontos y otras estulticias, es que todo argumento que apele a una verdad absoluta de facto está colocándose al margen del pensamiento racional. Las hermosas construcciones teóricas, las bien montadas explicaciones y las razones que justifican perfectamente nuestros miedos e impulsos viscerales, siempre son mentiras y nos deshumanizan al cerrarnos al rigor de la razón, al obligado reto de ejercer la libertad responsablemente y encerrarnos en nuestro egoísmo, que es la negación
del amor a todo lo humano.

Las teorías pedagógicas que buscan formar operarios útiles, las campañas publicitarias para generar consumo, los argumentos políticos populistas, las apelaciones a la autoridad divina, e incluso la defensa de los órdenes sociales y económicos en base a una pretendida realidad natural, son enemigos firmes de todo pensamiento racional crítico. Todos los argumentos que justifican el enriquecimiento de unos pocos a costa de la miseria de la mayoría, los discursos que enaltecen a caudillos y líderes mesiánicos, quienes reclaman obediencia apelando a textos sagrados o costumbres ancestrales, son argumentos que deshumanizan porque van en contra de la razón, la
libertad y el amor.

Oponerse a todas las formas de sometimiento y alienación que se generan en nuestras sociedades y patrones culturales usualmente es tarea que pocos asumen, tanto en su vida personal, como en el debate público. La mayoría acepta con cierto agrado e ingenuidad vivir en medio de las mentiras, unas veces por temor a que su vida o prosperidad no sea afectada, en otras por sus miedos a vivir lúcidamente, en ocasiones a evitar ser marginados socialmente, incluso por la expectativa de ascender en la pirámide del poder económico o político, pero también en muchos casos -en regímenes abiertamente represivos- a no correr el riesgo de ser apresado, torturado e incluso
asesinado. Cultivar la razón crítica siempre implica un grado de riesgo existencial. El temor es convertido en expectativa de ascenso o riesgo de descenso. Es la enseñanza de la parábola de la zanahoria o el azote.

Se oponen razón y temor, igual que vida o muerte. Entre la lucidez de vivir críticamente y la anulación total de la existencia, se abre un mundo de fantasías, apariencias, angustias y sometimientos de la voluntad, que anhelan la posibilidad de auto-conservarse y no chocar de frente con el poder. La libertad que genera la razón crítica y el impulso que esta conduce a construir realidades humanas donde el amor por el conocimiento y la plenitud de todos los seres humanos sea
la norma, es el criterio de una vida con sentido.

Sobre el autor

David Álvarez Martin

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Madre.