En toda organización existe una realidad que necesita ser comprendida para poder ser gestionada. Los resultados, los avances, las desviaciones y las oportunidades de mejora no aparecen de manera aislada; necesitan ser observados, interpretados y contrastados con información que permita conocer qué está ocurriendo. En ese ejercicio, los indicadores ocupan un lugar fundamental. No deberían ser responsabilidad exclusiva del área de planificación; son, ante todo, instrumentos de dirección.
Un indicador permite conocer qué está ocurriendo en un área, identificar desviaciones, reconocer avances y tomar decisiones con mayor fundamento. En otras palabras, aporta luz sobre el desempeño de una gestión. Por eso, un directivo no debería limitarse a conocer el resultado de sus indicadores; necesita comprenderlos.
Conocer un indicador implica mucho más que saber si se alcanzó o no una meta; significa entender qué mide, cómo se calcula, qué variables intervienen en su cálculo, de dónde provienen los datos y qué evidencias respaldan cada resultado.
Este último aspecto es especialmente importante. Las evidencias no son simples documentos que se archivan para cumplir con un requisito; son la materia prima que permite demostrar lo que realmente ocurrió y, en consecuencia, calcular correctamente un indicador. Si las evidencias son incompletas, inconsistentes, inoportunas o no corresponden con lo que se pretende medir, el resultado del indicador puede perder confiabilidad.
Por eso, quien dirige un área debería poder responder preguntas tan básicas como estas: ¿qué estoy midiendo?, ¿con qué variables?, ¿de dónde salen esos datos?, ¿qué evidencia demuestra el resultado?, ¿cómo se obtiene el cálculo? y, quizá la más importante, ¿qué me está diciendo realmente este indicador sobre mi gestión?
Aquí encontramos una conexión fundamental con la planificación estratégica. Definir indicadores es apenas una parte del proceso. Un indicador solo adquiere verdadero valor cuando puede medirse de manera correcta, consistente y verificable.
Planificar no es solamente establecer hacia dónde queremos llegar; también implica construir los mecanismos que nos permitan saber, con evidencia, dónde estamos, cuánto hemos avanzado y qué debemos corregir.
Por eso, prestar atención a los indicadores no debería ser una tarea reservada para el momento de elaborar un informe; debería formar parte de la gestión cotidiana.
Cuando un directivo conoce sus indicadores, comprende las variables que los construyen y domina las evidencias que sustentan sus resultados, deja de mirar los números como simples cifras de cumplimiento y comienza a utilizarlos como lo que realmente son: herramientas para dirigir mejor.
leídas