La anunciada renovación del Bulevar de la 27 de Febrero constituye una buena noticia para Santo Domingo. Durante años, este espacio emblemático, concebido como paseo peatonal y museo al aire libre, fue perdiendo vitalidad hasta convertirse en una evidencia dolorosa de nuestra dificultad para conservar aquello que construimos.
La Alcaldía del Distrito Nacional ha informado que la intervención procurará crear un corredor peatonal continuo entre las avenidas Winston Churchill y Abraham Lincoln. El proyecto contempla nuevas aceras, iluminación, mobiliario urbano, áreas de sombra, paisajismo y la eliminación de obstáculos que actualmente interrumpen el recorrido.
También incluye trabajos delicados sobre la losa ubicada encima del túnel, mejoras en la ventilación y nuevas rutas de evacuación, bajo el acompañamiento técnico del Ministerio de Obras Públicas. La terminación está prevista para agosto de 2027. Todo eso es importante. Sin embargo, la ciudad debe mirar más allá de la obra física.
La verdadera pregunta no es solamente cómo quedará el bulevar, sino qué haremos para impedir que vuelva a deteriorarse. La experiencia demuestra que muchos espacios públicos dominicanos reciben atención mientras se construyen, pero quedan huérfanos después de su inauguración. Se colocan árboles, bancos y luminarias, se pronuncian discursos y se toman fotografías; después aparecen el abandono, las ocupaciones improvisadas, la inseguridad y la falta de mantenimiento.
El Bulevar de la 27 no necesita únicamente una reconstrucción. Necesita un modelo de gestión. La primera recomendación es definir, antes de inaugurar, quién será responsable de su administración cotidiana. Debe existir una unidad claramente identificada, con presupuesto, personal, protocolos de limpieza, mantenimiento preventivo, vigilancia y rendición de cuentas. Cuando la responsabilidad se diluye entre varias instituciones, el deterioro encuentra terreno fértil.
En segundo lugar, debe recuperarse su vocación cultural. El bulevar fue concebido como un museo abierto, con obras de importantes artistas dominicanos. Sus esculturas y murales deben ser inventariados, evaluados y restaurados por especialistas. Además, el espacio necesita una programación permanente tales como exposiciones, pequeñas ferias, presentaciones artísticas y actividades familiares que lo mantengan vivo.
La tercera recomendación es garantizar la accesibilidad universal. No basta con construir aceras nuevas. El recorrido debe ser seguro y autónomo para personas con discapacidad visual o motora, adultos mayores y familias con niños. La accesibilidad no puede aparecer como un elemento complementario; debe formar parte del diseño desde el inicio.
También conviene establecer reglas transparentes para cualquier actividad comercial. Los negocios pueden aportar dinamismo y recursos para el mantenimiento, pero sin planificación pueden terminar privatizando el espacio, obstaculizando el tránsito peatonal o reproduciendo los problemas anteriores. Toda concesión debería ser pública, limitada, fiscalizada y compatible con la naturaleza ciudadana del bulevar.
Finalmente, sería conveniente crear un consejo de seguimiento integrado por la Alcaldía, Obras Públicas, representantes culturales, comercios del entorno, organizaciones comunitarias y especialistas urbanos. Este mecanismo permitiría revisar periódicamente la seguridad, limpieza, uso ciudadano y conservación del patrimonio.
La recuperación del Bulevar de la 27 puede convertirse en una referencia de buena gestión urbana. Pero su éxito no se medirá el día de la reinauguración ni por la belleza de las fotografías oficiales.
Se medirá años después, cuando comprobemos si continúa limpio, seguro, accesible, culturalmente activo y verdaderamente abierto a todos. La ciudad tiene que aprender a construir, sobre todo, a cuidar.
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