Que no mueran con él…

Ayer se conmemoró un aniversario más del fallecimiento, en playas extranjeras, de Juan Pablo Duarte, Padre de la Patria. Ocasión más que propicia para evocar sus ideas y sus convicciones siempre apegadas a la más pura ética política y social.

Duarte fue ejemplo de virtud y desinterés. Su vida fue, desde su juventud, ejemplo de lealtad y de sueños elevados con los cuales contagió primero a sus compañeros trinitarios y posteriormente a todo el pueblo dominicano en sus luchas por el establecimiento y la conservación de la República.

Este aniversario debe servirnos para motivar el espíritu dominicanista en la búsqueda de la excelencia que persiguió el prócer en cada momento de su existencia.

Pero al mismo tiempo la efemérides ha de cumplir la misión de advertirnos cuán fácilmente podemos caer en todo lo contrario, si permitimos que el deterioro moral y cívico que nos golpea cada día más se imponga como norma de conducta en nuestra zarandeada sociedad.

Duarte murió un día como ayer, pero su obra y sus ideas perduran a través del tiempo. La obligación de todo buen dominicano es impedir que la pureza y los nobles ideales del patricio no mueran con él. Nos toca, a los de las presentes generaciones, hacernos dignos de su memoria. Con responsabilidad, honestidad, vergüenza y decisión.