¿Qué estamos dispuestos a negociar para permanecer en una organización?

Silem Kirsi Santana
Silem Kirsi Santana

Cada profesional llega a una organización con sus propias condiciones. No hablo únicamente del salario, de los beneficios o del cargo; hablo de esas pequeñas y grandes cosas que, juntas, determinan cuánto estamos dispuestos a entregar, cuánto estamos dispuestos a ceder y, sobre todo, qué necesitamos recibir para querer permanecer.

Para algunos, el clima laboral es fundamental; necesitan sentirse escuchados, respetados y parte de un equipo. Para otros, puede ser más importante contar con un espacio de trabajo amplio, cómodo y acogedor, porque el lugar donde pasan buena parte de su día también influye en cómo viven su experiencia profesional.

Hay quienes podrían tolerar una oficina poco atractiva si tienen claridad sobre sus responsabilidades, autonomía para hacer su trabajo y objetivos bien definidos. Otros podrían aceptar ciertas incomodidades si la remuneración compensa aquello que consideran prioritario. Y también están quienes no estarían dispuestos a sacrificar oportunidades de aprendizaje, porque para ellos dejar de crecer equivale a comenzar a estancarse.

Pero existe también otra realidad. Hay profesionales para quienes crecer continuamente no es una necesidad. Una posición estable, con responsabilidades conocidas y pocas variaciones puede ser exactamente lo que buscan. No todos quieren ascender, no todos quieren liderar, no todos desean asumir nuevos desafíos cada año. Para algunas personas, la tranquilidad también es una forma de éxito.

Y ahí comienza una conversación interesante sobre la gestión de personas: no todos valoramos las mismas cosas, aunque trabajemos bajo el mismo techo. Lo que para alguien representa una oportunidad, para otro puede sentirse como una carga. Lo que uno considera un salario suficiente, otro lo entiende como insuficiente. Lo que uno llama estabilidad, otro podría llamarlo estancamiento. Lo que para alguien es un ambiente extraordinario, para otro podría ser simplemente un lugar más de trabajo.

Por eso quizá no exista la estación de trabajo perfecta. Existe aquella en la que una persona encuentra suficiente de aquello que considera importante y está dispuesta a negociar aquello que no ocupa el primer lugar en su lista.

Porque trabajar también implica negociar. No necesariamente mediante conversaciones formales o acuerdos explícitos, sino a través de esas decisiones cotidianas en las que cada profesional pondera lo que recibe frente a lo que entrega. Negociamos tiempo, esfuerzo, comodidad, crecimiento, estabilidad, responsabilidades, autonomía y hasta ciertas expectativas. Y lo hacemos, muchas veces, sin siquiera llamarlo negociación.

Aunque no siempre lo hagamos consciente, cada profesional tiene una especie de lista personal de prioridades. Algunas cosas tienen precio, otras tienen límites; algunas pueden negociarse durante un tiempo, mientras otras, cuando faltan, terminan cambiando la decisión de quedarse.

Tal vez la pregunta no sea solamente qué ofrece una organización; también habría que preguntarnos: ¿qué necesita cada persona para sentir que vale la pena permanecer? Tal vez para algunos sea un salario que reconozca su esfuerzo; para otros, un ambiente donde puedan sentirse en paz. Habrá quienes necesiten oportunidades para aprender, asumir nuevos retos y descubrir hasta dónde pueden llegar. Otros encontrarán satisfacción en la estabilidad, en la claridad de sus responsabilidades o simplemente en saber que, al terminar la jornada, pueden marcharse a casa con la tranquilidad de haber hecho bien su trabajo.

Y ninguna de esas respuestas tiene por qué ser igual a la nuestra. Porque cada profesional establece, consciente o inconscientemente, sus propios límites. Hay cosas que está dispuesto a negociar, otras que puede tolerar durante un tiempo y algunas que, cuando faltan, terminan haciendo que permanecer deje de tener sentido.

Quizás por eso gestionar personas nunca debería reducirse a intentar satisfacer a todos de la misma manera. Se trata también de comprender que detrás de cada puesto existe una persona con expectativas, prioridades, aspiraciones y una idea particular de lo que significa sentirse valorada.

Y quizá una de las conversaciones más honestas que podemos tener con nosotros mismos como profesionales sea preguntarnos qué estamos buscando realmente en el lugar donde trabajamos, qué estamos dispuestos a ofrecer a cambio y, sobre todo, qué cosas no estamos dispuestos a negociar.

Porque permanecer también implica elegir qué estamos dispuestos a ceder, qué esperamos recibir y dónde trazamos nuestros límites. Al final, cada profesional tiene su propia respuesta, aunque no siempre la haya puesto en palabras.

Sobre el autor

Silem Kirsi Santana

Lic. en Administración de Empresas, Máster en Gestión de Recursos Humanos.
Escritora apasionada, con habilidad para transmitir ideas de manera clara y asertiva.