Sábado, 20 de julio, 2019 | 12:54 am

¡Qué escándalo!



Cada vez que estoy fuera de mi país retomo consciencia de cuán ruidosos somos. Desde hablar durísimo, hacer más bulla de la cuenta e invadir la privacidad ajena con música altísima, hasta gritar cuando podemos sencillamente hablar, conspiramos a cada momento para matar la paz que viene con la quietud y el silencio.

Quizás por ello vivimos tan sobresaltados, porque el exceso de ruido crispa los nervios. Ni hablar de “comunicadores” que gritan por radio y televisión y la gleba empoderada cibernéticamente, que sube el volumen de redes sociales. La irritación de los ciudadanos en las principales ciudades dominicanas se refleja en sus rostros.

En cualquier esquina, los vidrios subidos, las desigualdades sociales que por hábito ignoramos (niños pidiendo, jóvenes empericados limpiando parabrisas, policías cherchando mientras motociclistas se van en rojo…) y otros detalles, nos dicen a gritos que tenemos que dudar de la sostenibilidad de nuestro modelo político.

Tal vez el ruido no es más que la manera del cuerpo social llamarnos a dejar de hacernos los sordos. ¡Cuánta bulla!

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