Viernes, 18 de octubre, 2019 | 7:14 pm

Que Dios nos coja confesados…



En días pasados me dediqué a un ejercicio que realizo dos o tres veces al año. De alguna manera, la práctica tiene que ver con lo que ha sido bautizado como “poner los oídos en el corazón del pueblo”. Otros lo llaman “darse un baño de multitudes”.

En mi periplo visité por varios días el restaurante “El palacio de la equizofrenia”. Estuve en Adrian Tropical del Malecón y el de la avenida Abraham Lincoln.

Me tomé un café en el Mesón de la Cava y una copa de vino en el antiguo Lago Enriquillo. Permanecí algunas horas en Bella Vista Mall, en Ágora, en Sambil, en los Jumbo. Visité numerosos colmadones, “drink” y billares de diversos barrios.

Me reuní con muchos amigos. Existe un alivio generalizado por la no modificación del texto constitucional. Sobre el proceder de las autoridades, la inconformidad está muy extendida: una significativa mayoría se siente airada por sus actuaciones.

Percibí una generalizada aprensión acerca de lo que pueda ocurrir durante los doce meses restantes. Las declaraciones de los reformistas y de Hipólito Mejía para habilitar a Danilo Medina para los comicios de 2024 fueron calificadas “como una verdadera locura”.

El artículo de José Luis Taveras, “Carta a un presidente arrepentido” ha sido leído, discutido y reproducido cientos de miles de veces en República Dominicana y el exterior.

Como estas autoridades son muy dadas a enmascarar la verdad, y basta con mirar, con asombro y sorpresa, la masiva publicidad que se hace con los dineros del presupuesto para resaltar las bondades de sus actuaciones, es bueno hacer una serie de precisiones.

No voy a referirme a “logros”, muchos de ellos discutibles, porque de eso se encargan los comisionistas oficiales y a quienes les pagan para que lo hagan. Hace algún tiempo leí un texto en el que una ciudadana demandaba “devolvernos nuestro país” que, a su juicio, está en manos de los haitianos, del colectivo de homosexuales y lesbianas, de los millonarios, de George Soros, la ONU y la ideología de género.

Existe consenso sobre lo injustificable y hasta se califica de “perversa” la política seguida con los habitantes del lado oeste de la isla.

Las actuales autoridades han facilitado que millones de haitianos (se habla de cuatro) residan de forma ilegal en República Dominicana.

Este gobierno ha desarrollado una política de “fronteras abiertas”. Es incalculable el daño que se ha hecho a la mano de obra dominicana en la construcción, la agricultura, el turismo, la generalidad de las actividades productivas y los oficios. Cerca de un 30% de nuestras aulas, y un elevado porcentaje de las camas de nuestros hospitales son ocupadas por enfermos, accidentados y parturientas de Haití en desmedro de los dominicanos.

El tráfico de drogas, la inseguridad, la delincuencia, el crimen y la corrupción han alcanzado niveles nunca vistos. Los altos precios de los alimentos, la educación, los combustibles, las medicinas, mantienen en un estado de desesperación a la generalidad de los dominicanos de clase media y baja mientras funcionarios y políticos se dan una vida de jerarcas.

No ha habido una sola solución verdadera a los graves problemas de este país. La salud pública, la ineficiencia oficial, el estado de la justicia, el tránsito, vienen a representar un desorden mayúsculo.

El dominicano, ante esta embestida oficial, ha cambiado su conducta para mal. Una publicación del “Listín Diario” de abril de este año indica que Salud Pública admitió que un 20% de la población “padece algún trastorno mental”. Esta cifra es conservadora.

“El 67% de los dominicanos se siente inseguro caminando solos de noche”. El PNUD manifestó su preocupación por el incremento de los riesgos “de profundización del autoritarismo “. Y ni qué decir de la salvaje depredación de nuestros bosques y nuestros ríos.

A la luz de estos hechos, ¿qué puede esperarse de las actuaciones oficiales en este año final? Existe una expresión popular de los dominicanos quienes sentencian: “Que Dios nos coja confesados”… Y no es para menos.

Roberto Marcallé Abreu

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