En los juicios criminales y procesos penales del siglo XVI, el sistema de justicia (sobre todo en Francia) consideraba normal recurrir a horribles castigos para proteger el orden establecido y la figura de verdugo era quien desempeñaba ese papel.
Algunos pueblos antiguos no practicaban la tortura; la ley del talión no se ejecutaba con verdugos, los pueblos que la lapidaban o despeñaban no dependían de un verdugo para esos fines.
El verdugo, pues, cambia a partir del triunfo del cristianismo. La Santa Inquisición fue la que ofreció el mayor espectáculo de herejías, ejecuciones sumarias, públicas y secretas en los sótanos del Vaticano.
Es verdad que fue odiado, pero también fue un personaje corifeo durante sus danzas macabras. La historia cuenta extrañas situaciones de los torturadores, su papel social, su situación económica, o de su anonimato, el rol imaginativo en los placeres populares y carnales. La ley romana les otorgaba privilegios a los verdugos de desflorar a las mujeres sometidas a las torturas.
La diferencia que existe en la tortura y el suplicio resulta interesante y de gran ayuda para la construcción del perfil del torturador. Esta diferencia está en los fines, en la intencionalidad, en el interrogatorio secreto que se le practica mientras se le tortura; la experiencia del sufrimiento, del dolor, el carácter público de la tortura, es lo que se ve cuando se aplica un suplicio.
Aunque suelen usarse como sinónimos, no significan exactamente lo mismo. La tortura se define como “el acto de causar dolor físico o psicológico intenso de manera deliberada”, y su propósito directo es “obtener información, castigar, intimidar o quebrar la voluntad de alguien”.
“Una escasa media hora de tortura contiene en sí misma más martirio que tres ejecuciones en la horca o al cadalso”, ha dicho alguien.
En cuanto al suplicio, esta se refiere al sufrimiento extremo que padece una persona y el énfasis en la experiencia del dolor, no tanto en quién lo causa o por qué. Han existidos suplicios capitales, por su importancia –decapitación, horca, ruedas, higuera y descuartizamiento–, según sus causas. La tortura es secreta; el suplicio es público.
Volvamos, pues, al torturador, una figura al servicio del poder que contaba con la seguridad y privilegios del Estado, en el estamento que fuera necesario. El torturador es quien directamente lleva a cabo los interrogatorios; ese verdugo, carnicero, que alguna vez se enorgulleció de sí mismo, “por ser el brazo derecho de la Providencia”.
En las Chonique médicale (1909) se cuentan las ventajas que gozaban los verdugos, como la de conservar partes de los cadáveres, cráneos; es una forma de su importancia y de tomarse en serio su trabajo de verdugo. Hoy, mucho tiempo después, las dictaduras o regímenes dictatoriales continúan haciendo posible todo lo que se necesitó para que no desaparezca el torturador, lo reivindican otorgándoles cargos como directores de seguridad de las prisiones, los fiscales o jefe de colectivos.
El Helicoide es el lugar de los torturadores; mejor decir, homicidas legales. Los últimos sucesos en Venezuela, con la excarcelación de presos políticos sirve de mucho en este análisis de una psicología de torturador. Como se sabe, los liberados no están del todo libre, pues, no pueden identificar a sus verdugos, ni referirse a los horrores vividos durante su cautiverio.
Eso no es del todo cierto, pues la identificación puede hacerse de manera útil, con un olor peculiar, una forma de hablar, un tatuaje, cualquier detalle indeleble que el torturador posea.