Profilaxis sin miramientos
La más sanguinaria agrupación de sicarios en México, conocida como Los Zetas, fue formada por policías y militares que se pusieron al servicio de los principales narcotraficantes de su país.
Sus fundadores salieron de fuerzas élites del ejército mexicano que recibieron instrucciones en reconocidas academias internacionales, lo que les facilitó impregnarle las tácticas militares a la organización criminal y una disciplina que la convirtió en la más estructurada banda de sicarios jamás conocida.
Ese caso, que puede calificarse de fenómeno, constituye un referente de hasta dónde puede llegar la infiltración del crimen organizado en los organismos de seguridad del Estado y el peligro que representa para la seguridad nacional el surgimiento de grupos enquistados en la Policía o las Fuerzas Armadas dedicados a ejecutar órdenes de los capos.
El caso Paya, en el que un grupo de oficiales de la Marina de Guerra ejecutó a siete personas por orden de narcotraficantes, puso de manifiesto lo profundo que había llegado el uso de militares para labores de sicariato.
El devenir de los tiempos ha demostrado que lo desvelado con el caso Payo no era algo aislado, sino un fenómeno que se estaba replicando en todos los cuerpos armados del país.
Dentro del mal, puede destacarse que desde la cúpula de las instituciones castrense se han prohijado los castigos contra quienes son descubiertos en este tipo de acciones, pero el cáncer está tan avanzado que eso no ha sido suficiente.
La profilaxis debe ser implacable, sin ningún tipo de miramientos, porque de lo contrario la situación se nos podría ir de las manos.