Preservar la tolerancia

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Altagracia Suriel

En estos tiempos de crispación hacia el que cree, piensa o es diferente nos indican que es imperativo rescatar la tolerancia como base de la convivencia humana y social.

Las discusiones y debates sobre las tres causales, caracterizados por descalificaciones, acusaciones y hasta expresiones de repudio entre grupos contrarios, demuestran que la intolerancia se está instalando en nuestra sociedad como un mal al que no podemos permitir que eche raíces.

La historia humana está repleta de lecciones que debemos repasar del peligro que representa la intolerancia para la humanidad.

La intolerancia ha sustentado grandes lastres sociales y barbaries como las persecuciones religiosas, la segregación racial y el genocidio. La falta de aceptación y respeto de las diferencias anidan el odio como antesala de la tendencia a eliminar moral o físicamente al contrario.

La tolerancia, esa actitud de la persona que respeta las opiniones, ideas o actitudes de los otros, aunque no coincidan con las propias, es uno de los valores fundamentales de la democracia y es expresión de la pluralidad y diversidad de actores que enriquecen la vida social.

Con la práctica de la tolerancia reconocemos el derecho a la libertad de expresión que todos tenemos. No solo el Estado es quien concreta y protege ese derecho, también nosotros los ciudadanos somos guardianes de su ejercicio.

Como nos recuerda Max Weber, la verdad que podemos defender con nuestros puntos de vista tiene muchas caras. También, Norberto Bobbio nos alerta que debemos cuidarnos de no creernos los “únicos depositarios de la verdad”. Nadie tiene la verdad absoluta sobre nada. Por eso, considerar el punto de vista del otro es el mejor camino para solucionar o prevenir conflictos.

La apuesta por la humanidad y por los derechos es la luz que alumbra la ruta de la tolerancia, de la paz y la armonía social. Mahatma Ghandhi nos lo trae a la memoria: “no me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor.

El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia”.

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