¿Por qué votamos?

El que se anima a votar suele hacerlo por convicción o conveniencia.
En el renglón de convicción hay dos apartados: simpatías o antipatías.
Las simpatías se ganan por emoción o afinidad.
La afinidad puede ser ideológica o económica.
La conveniencia suele ser personal o colectiva.
También se vota en contraposición; es decir, votar en contra de un candidato, lo cual favorece al receptor del sufragio de castigo.

Las campañas electorales tienden a priorizar las emociones como punto de ataque en el proceso de atraer votos y luego para endurecer la intención.

En la fase del endurecimiento se potencializan sentimientos como la esperanza, la ilusión y el odio.

Agotados los recursos emocionales, adquiere primacía lo material, que es lo que muchos denominan “los intereses".

El ser humano tiene la virtud de que en sí mismo coexisten lo emocional y lo racional, dos planos que erróneamente algunos pudieran considerar contrapuestos.
El votante adquiere mayor dimensión cuando logra que en su decisión electoral haya factores emocionales y racionales.

Apelamos a que lo emocional no conduzca al fanatismo y que lo racional priorice el bien común.
Tomando en consideración esta reflexión, vote por el que ya usted decidió.
Eso sí, pero vaya y vote.