- Publicidad -

¿Por qué escribir? La vía negativa

*Por Luis de Jesús Rodríguez

¿Por qué escribir? Hace unos días, un amigo me hizo esa pregunta. Quería saber de dónde saco la inspiración o cómo elijo los temas.

Mi respuesta fue inmediata: antes de pensar qué decir, necesito recordar por qué lo hago. Escribir es mi manera de aprender en público, con humildad y con propósito.

En secundaria, en el Colegio De La Salle, un maestro me dejó una lección que todavía guía mi forma de trabajar: si quieres aprender algo de verdad, enséñalo. Lo comprobé cuando me empujó -con firmeza y paciencia- a pararme frente al curso y explicar ecuaciones que yo mismo consideraba difíciles, sobre todo en Ciencias.

No era sólo resolver un ejercicio; era vencer el temor, ordenar el pensamiento y encontrar palabras claras. Ese día entendí que enseñar no es exhibirse: es aprender en voz alta.

Por eso esta columna existe. Casi nunca escribo desde una cima; escribo desde el camino. Comparto lo que estoy descubriendo, lo que estoy probando, lo que me está corrigiendo mientras lo practico. Y en ese acto sucede algo simple y poderoso: cuando lo real se pone en palabras, se vuelve más nítido. Yo aprendo, y ojalá a alguien le sirva, especialmente a quien emprende con incertidumbre, carga decisiones y necesita brújula más que aplausos.

Hoy inicio una nueva serie con un enfoque deliberado: la vía negativa. En vez de acumular consejos, herramientas o “más cosas por hacer”, vamos a explorar el progreso por sustracción. Muchas veces no nos falta talento, ni voluntad, ni ideas; nos sobra ruido. Nos sobran compromisos que no producen valor, hábitos que drenan energía, reuniones que sustituyen decisiones, distracciones que fragmentan la atención y expectativas ajenas que se disfrazan de deber.

La vía negativa no es pesimismo; es claridad. Es preguntarnos, con honestidad: ¿qué debo dejar de hacer para que lo esencial ocurra? ¿Qué puedo quitar para recuperar foco, serenidad y potencia? ¿Qué “no” tengo pendiente que me devolvería tiempo, coherencia y alegría?
En el emprendimiento, el costo de lo innecesario no es sólo tiempo: también es energía, claridad, capital emocional y, a veces, dinero.

En las próximas entregas, iremos tema por tema, como quien limpia el taller antes de construir: menos agenda innecesaria, menos urgencia prestada, menos perfeccionismo paralizante, menos ruido digital, menos excusas “razonables”. No para vivir en carencia, sino para volver a la fuente: criterio, disciplina y significado. El objetivo es simple: hacer espacio para lo que sí importa.

Te dejo una invitación práctica para esta semana: identifica una cosa concreta que puedas eliminar (o reducir a la mitad) y observa el efecto. A veces, el gran avance no llega por añadir una pieza, sino por retirar una carga.
Gracias por leer y por ayudarme a aprender.

Etiquetas

Artículos Relacionados