Política y sentido
Un liderazgo político curtido en la experiencia de Estado, la estrategia y la capacidad de interpretar con la sagacidad del leviatán al ente humano, no puede ser como el tubo de la crema dental, lanzado al cesto luego de exprimido hasta que brote la última sustancia.
Apuestan mal quienes cifran sus expectativas políticas en que, de un tirón, tienen la posibilidad de inhabilitar al expresidente Leonel Fernández o, por lo menos, mitigar el impacto de su sombra en el devenir de la nación, en el oficio de gobernar y de influir en las instancias de poder situadas en las esferas pública y privada.
La praxis política tiene una lógica corpórea, una organicidad que funciona como una máquina diseñada por la misma sociedad. En ese ámbito, una pieza menos puede degenerar en cojera, ceguera, disminución de la capacidad auditiva y hasta del sentido de orientación del tejido social. Esto explica la orfandad colectiva por los líderes muertos.
Al margen de que estemos en contra o en su favor, Leonel Fernández ha creado un arraigo difícil de revertir, máxime cuando la biología aún le favorece y la lucidez le ha permitido combatir posturas adversas y ganar. En ese contexto, fue un error y un infantilismo político haber mordido la carnada para realizar la puesta en escena a destiempo y mal calculada que constituyó su reciente discurso.
En política hay que dejar que ciertas cosas se las lleve el viento. Leonel lo sabe. Pero en esta coyuntura perdió el sentido. Un líder debe saber que no es inexpugnable y que la ola de la aceptación va y viene, desciende y asciende.
Hubiese sido más rentable la ansiedad general por la ausencia de sus palabras que dejarlas aflorar como un petardo insultante e impreciso en un interregno inusual: antes que el gobierno cumpliera sus primeros cien días. Enmendar este desliz le representará un costo importante.