Política y politiquería

Hace miles de años el sabio griego Aristóteles escribió su clásica obra “La Política” sobre el ordenamiento de los asuntos del ciudadano.

Se trata propiamente de una rama de la moral que tiene que ver con el comportamiento de los ciudadanos para resolver los problemas colectivos.

Vista así, es fácil comprender que en aquellos tiempos de la antigua Grecia se considerara a la política como un arte ético y una ciencia delicada.

Dedicarse a la política debió ser, en consecuencia, una decisión plausible capaz de generar admiración y aplauso de la sociedad. Con el transcurrir del tiempo, sin embargo, las cosas no han resultado así, y esta afirmación es aplicable prácticamente a todas las latitudes del mundo.

En nuestro reducido escenario, por lo pronto, el cuadro es deprimente y desesperanzador. Hay que sacar aparte las consabidas excepciones que nunca faltan, porque ciertamente quedan todavía dominicanos que a toda costa rinden pleitesía a virtudes y principios dignos de reconocimiento, pero a fuer de ser honrados con nosotros mismos, tenemos que admitir que la llamada actividad política en nuestro país está por el suelo.

La consigna de “¿dónde está lo mío?” parece ser el primero de los mandamientos de la ignominia que nos rodea. Ni qué decir de tantos otros vicios sociales que se alimentan vorazmente de la corrupción, la impunidad y la ambición desmedida.

¿Está perdida toda esperanza? De ninguna manera. Pero si queremos salvarnos como nación, debemos reflexionar, sin autoengañarnos, sobre estas evidentes debilidades nuestras, y aplicar los remedios éticos y morales que hagan falta, sin contemplaciones ni complicidades circunstanciales.