Miércoles, 22 de mayo, 2019 | 7:35 am

Poesía, cultura y globalización



La poesía es el lenguaje literario por excelencia. Es el recurso expresivo que manifiesta de forma sustancial, innovadora y elevada la riqueza espiritual y material de una lengua, una cultura, un espíritu individual o un imaginario colectivo.

La poesía es, en definitiva, la máxima expresión estética de una lengua, y la lengua es, en tanto que sistema simbólico, el significante mayor de una cultura, el interpretante de los demás sistemas interpretados, como lo llama Benveniste (1979).

Como la cultura, sobre todo la nuestra, porosa, mestiza, híbrida y como los propios sistemas lingüísticos, especialmente, el español de América, la poesía es en sí misma diversidad y manifestación de absoluta libertad. Cuando empleamos la expresión diversidad cultural, en relación con la poesía, estamos rayando casi en un pleonasmo.

Porque, no es múltiple la cultura en sus fundamentos, argumento que daría lugar al discutido multiculturalismo, sino que es diversa en sí misma, polisémica, medularmente multívoca, rica en recursos y elementos procedentes de plurales orígenes étnicos, históricos y geográficos.

La noción de diversidad cultural nos permite trabajar las diferencias en sociedades, pueblos, naciones o agrupaciones humanas en sentido amplio, de acuerdo con Roberto Mora Martínez (2011), más allá de la de multiculturalidad, que remite a una adición o sumatoria étnica o cultural sin establecer diferencias; o bien, la pluriculturalidad, que refiere la abundancia en algo de determinados rasgos distintivos.

Será, pues, la idea de interculturalidad, por su esencia dialógica y democrática, la que permitirá el trato franco entre las distintas culturas, aun en un mismo contexto, pero donde se respete el derecho a la diferencia y al disenso como fundamento de un nuevo humanismo y de un sistema democrático de pleno derecho.

Lo que nos reta en la cultura y la sociedad actuales no es la diversidad, que se da, como principio, por sentada, especialmente, en Latinoamérica y el Caribe, donde un concierto de lenguas, dialectos y variantes sociolectales constituyen el magma, el crisol por excelencia de una enorme diversidad étnica y sociolingüística, y consecuentemente cultural, que tiene en la lengua española, o si se quiere, el castellano, en algunos casos, un denominador común.

Lo que debe llamarnos a reflexión es la vocación de unidimensionalidad, la intentona de homogenización, de homologación, el recurso capcioso de la tiranía de lo igual que quieren imponernos el modelo económico-político neoliberal y la globalizado como único horizonte ontológico y de futurición posible para la humanidad y para sus expresiones de naturaleza estética.

En una imagen que resulta interesante, Bauman (2012) compara el advenimiento de la globalización con el de la venganza de las culturas nómadas y recolectoras frente a las culturas sedentaristas, por cuanto, lo globalizado representa procesos autopropulsados, espontáneos, erráticos y sin planificación.

La globalización representa un nuevo desorden mundial que se impone al poder institucionalizado de los estados soberanos.

Se trata de una especie de vuelta atrás en el gran relato histórico según el cual los asentados habrían triunfado sobre los nómadas.

Es en este tenor que el filósofo francés Michel Maffesoli (2009) describe como nuevas tribus las formas de agrupación y el sentido de pertenencia al grupo por parte de los individuos de la posmodernidad, al tiempo que ve en esta una convivencia de lo arcaico y lo contemporáneo.

La poesía, con su intensa expresividad intrínseca y su capacidad única para comunicar una pluralidad de mensajes con muy pocas palabras, nos invita a reflexionar la poeta granadina Raquel Lanseros (2015), constituye una poderosísima herramienta de comunicación social, siendo, al mismo tiempo, una de las más admiradas e inmanentes manifestaciones de la literatura, y también del habla popular, en todos los tiempos y en todas las culturas.

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