Los cacerolazos no cesaron en su toque nocturno habitual ni siquiera durante este fin de semana, en una muestra de que una franja importante de la sociedad dominicana ha decidido abandonar la indulgencia que había otorgado a la administración presidente Luis Abinader desde que se juramentó en el cargo, el 16 de agosto de 2020.
El toque de las cacerolas constituye una forma de protesta vieja en el mundo. Y en el caso de algunos países de América Latina lleva décadas, especialmente en Suramérica. En República Dominicana recién se inauguró durante el proceso electoral de 2020, cuando, paradójicamente, sirvió de propaganda al hoy oficialista Partido Revolucionario Moderno (PRM) para ganar las elecciones de ese año.
Adversarios del Gobierno ahora aprovechan las redes sociales para sacar a relucir la publicación realizada en el año 2020 por el mandatario, entonces candidato opositor, en el que valoraba de manera positiva las protestas a través de los cacerolazos. El mensaje original de Abinader, publicado en su cuenta oficial de la red social X, anteriormente Twitter, calificaba la manifestación de la época como “el más bello concierto musical de los últimos tiempos: el cacerolazo por la orquesta sinfónica popular del pueblo dominicano”.
Esta forma de protesta representa un poderoso simbolismo, porque nace en el seno de la clase media, segmento poblacional en capacidad de generar opinión pública. Denota insatisfacción por el deterioro de los servicios públicos, el alto costo de la vida, la inseguridad ciudadana, el incremento de la deuda externa y la profundización de la debilidad institucional, entre otros factores que conspiran con el derecho colectivo al bienestar. Los reclamos incluyen, esta vez, supuestas pretensiones gubernamentales de restringir, mediante artificios legales, la libertad de expresión y difusión del pensamiento, consagrado como un derecho fundamental.
Hay que tomar en cuenta que la mayoría de la clase media jugó un papel relevante para expulsar del poder al Partido de la Liberación Dominicana (PLD), que para el año 2020 había gobernado dos décadas en los últimos 24 años.
La administración del PRM pasa por el momento más difícil de su joven ejercicio gubernamental, exponiéndose a una crisis reputacional. Esto así, porque buena parte del pueblo dominicano le atribuye el incumplimiento de las promesas anunciadas durante la campaña electoral, de caer en la corrupción que denunciaba, incapacidad e improvisación en la gestión del Estado y el endeudamiento acelerado del país. La retórica comienza a fallarle ante un pueblo que ha comenzado a movilizarse a nivel nacional.
Lo peor que le puede ocurrir al Gobierno es que le sobrevenga una crisis reputacional a dos años de concluir el mandato constitucional. La reputación va más allá de la imagen, pues su efecto es a largo plazo. Agrega valor y forma vínculos duraderos con los públicos. Esta no se puede gestionar directamente, sino que es resultado de cómo el público valora a la organización a lo largo del tiempo y en base a la satisfacción que le brinde.
Desde las esferas de poder deben entender que el pueblo espera una coherencia entre lo que el Gobierno dice o muestra y lo que realmente hace en beneficio de la colectividad nacional. La confianza y credibilidad son activos a los cuales hay que cuidar de manera permanente; de lo contrario se corre el riesgo de ir al precipicio en la percepción de la gente.
Por lo pronto, la población está mandando un poderoso simbolismo a través de los cacerolazos. El que tenga ojos, que vea; y quien tenga oídos, que escuche.
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