Lunes, 17 de junio, 2019 | 10:35 pm

¿Permitiremos que Modesto se muera?



Descubro nueva vez el pasado, años atrás. Me hallaba en la redacción del periódico “El Nacional”. Cierro los ojos: Ramón Reyes, la mirada asimétrica y los bigotes a lo Daniel Santos, se encontraba sentado al frente de la media luna, donde se posicionaban los ejecutivos.

Con la mirada puesta sobre el teclado de una Olivetti línea 88 yo procuraba vencer la propia distracción.

Con frecuencia, a los periodistas de planta se nos encargaba una tarea un tanto enojosa: rehacer las notas de prensa de los corresponsales del interior. Fue cuando conocí a Juan Modesto Rodríguez.

Ahora, después de tanto tiempo y en su pobrísima y decaída vivienda en Pedro Brand, siento la angustia del paso de los días.

Modesto era un corresponsal con una notable diferencia: escribía con pulcritud y coherencia. Ofrecía detalles precisos y sus crónicas de “pirámide invertida” (el qué, quiénes, cómo, cuándo, dónde) estaban bien elaboradas.

Solo que en este Modesto, frente a mí, no se me parece en nada a aquel joven calmado y alegre. Vejez, deterioro, abandono, es lo que observo. Aun no ha perdido, gracias a Dios, aquella sonrisa apagada, condescendiente.

Viste una deteriorada camisa de un color indefinible. Barbas y aspectos de descuido, sus ojos ya no reflejan mucha luz. Este hombre, que siempre nos devolvía el saludo con un gesto amable, es casi una sombra.

Verlo me estremece. El dolor que siento es tan grande que me le aproximo avergonzado por mis propias lágrimas.

Los hombres, es lo que se dice, no deben llorar, pero en apenas segundos mis ojos y mi rostro son como un río. ¡Qué abatido y desgarrado me siento! Dios mío. Y, ni aun así, él pierde su vaga sonrisa, la alegría por reencontrarse con un viejo conocido, casi amigo, de aquellos días que jamás volverán.

-Sé como me veo, amigo Roberto. La vida te enseña lo que es resignarse, a aceptar la dureza y el horror de las circunstancias. Estoy muy enfermo. He envejecido mucho.

La artritis ha inutilizado mis dedos, los ha retorcido, al igual que brazos y piernas. Soporto calambres y dolores muy intensos todo el día y la noche.

Casi no puedo moverme. Tengo dificultad para sentarme, para acostarme, para levantarme. Todo es muy difícil y sufro mucho. A veces apenas puedo escribir con un solo dedo.

Modesto habla despacio. Siempre fue muy calmado. Sus horas transcurren en este contexto de abatida pobreza, de necesidades sin límites, de un sufrimiento que no da tregua.

Con extrema dificultad, nos dice, “escribo a veces para combatir la soledad”. Y añade: “Para no caer en una depresión que termine por aniquilarme”.

“El quebranto comenzó en 2013. Sentí un dolor intenso en el cuello y en la cabeza. Me trasladaron a la clínica Las Mercedes.

Un dedicado neurocirujano, el doctor Moreta, me dedicó muchas horas. No estaba afectado de algo sencillo o pasajero, advirtió. Me dijo: Usted presenta un cuadro avanzado de osteoporosis, artritis reumatoide degenerativa en la espalda baja.

Hay discos dañados en su columna y un notable deterioro de los cartílagos. En algún tiempo ya no podrá caminar”.

Abandonó un trabajo con el que no podía cumplir. Lo que he escrito son, apenas, fragmentos de la vida que ha llevado Modesto desde entonces. ¿Te ayudan los medicamentos? “Bueno”, responde, “los hay para mitigar el dolor y mejorar en algo la calidad de vida.

Pero son costosos y difíciles. Salud Pública tiene un programa, pero hasta el momento no he podido favorecerme. La lista de espera es larga. Bueno… quien no ha sido pobre, no puede comprender la pobreza.”

¿Y tus hijos? “Son todos personas muy necesitadas. Tienen poco tiempo para el viejo. Me duele no haber podido respaldarlos como era debido”. Su tristeza es, ahora, honda, devastadora.

“Los envejecientes son marginados y discriminados”, dice. “No importa, seguiré escribiendo, aunque sea con un solo dedo”. Mientras retorno de Pedro Brand siento un pesar y un dolor cuya descripción no amerita palabras.

He retornado con el corazón destrozado. Una pregunta: ¿Vamos a permitir que Modesto desaparezca en estas horribles condiciones? No puedo ni quiero imaginarlo. ¡Somos tan ciegos, a veces!

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