Domingo, 22 de septiembre, 2019 | 4:28 am

Otras miradas reflexivas



Algunos lectores de esta columna me solicitaron publicar otros fragmentos del conjunto que integra el libro a dos voces, una fotográfica de Herminio Alberti León, otra poética y reflexiva de quien escribe, que se tituló “A través de mis ojos/ Through my eyes” (Santo Domingo, 2014), cuya circulación fue mayor en Estados Unidos de Norteamérica. Adeudo, eso sí, las fotografías de Alberti León.

Ser parte del ambiente

El hombre ha seguido siendo un lobo feroz contra el hombre mismo; su semejante, su idéntico, su opuesto, su víctima de la mayor vileza.

El ambiente, tan hermoso en su estado natural, se ha transformado en un instrumento de las pugnas y la ambición de poder.

El ser humano es el más predador de entre todas las especies del planeta. El ambiente es fuerza motriz de mi presencia en el mundo.

Todas las agresiones, todas las usurpaciones, todo el saqueo y despojo van desde el ser humano hacia la naturaleza.

Solo la cerrazón y la sed de dominio nos han podido llevar a este lamentable estado de laceración a la madre naturaleza, a su vientre fecundo, a su vocación de ofrendar vida. Nos consumimos en una concepción errada del progreso y la modernidad.

El consumismo nos consume, nos enferma, nos vacía. Los elementos no resisten tanto expolio, tanta desafección.

Las ciudades son antros de despojos, almacenes de seres sin paz y sin hogar. Camino por el parque Mirador del Sur y me duele la huella del agresivo paso de los inconscientes.

Descalzo camino por las playas y la respiración del mar se apaga en un sofoco. Las nubes se alzan como ennegrecidas manchas de un extenso dolor.

Los ríos se silencian y bajo los puentes solo quedan piedras álgidas y laderas con yerba resecada, moribunda, estéril.

Las montañas resisten la fiereza del incendio, y sin embargo, el daño no se hace esperar. Celebro a quienes trabajan cada día para ser parte integral del ambiente, que es la mejor manera de ser parte de sí mismos y del futuro limpio, hermoso, recuperado y sano de la humanidad.

Aceptar

Una de las mayores tristezas de la humanidad de nuestros tiempos es la de no aceptarse humanamente como se es. La inconformidad se hace parte del impulso inducido a consumir.

La necesidad se ha hecho imprescindible y el culto al mercado es la nueva religión. No aceptarse como se es ha devenido escena del teatro de la vida en la modernidad.

La necesidad y la duda son el fundamento de la angustia que condena a los seres de hoy a la tristeza y el delirio. Si nos aceptáramos a nosotros mismos, el instinto de muerte sería inferior.

Si nos aceptáramos como somos, tendríamos un mayor sentido del goce, del disfrute, de lo justo y del milagro generoso de la vida.

Advertiríamos, de nuevo, el trino de los pájaros en la mañana redonda; el murmurio de las aguas corredizas de un arroyo; la tibieza de la leche, ordeñada recién la ubre en el establo; el color soberano en la piel de la naranja y el cristal de la miel recogida del panal bajo la monotonía de la lluvia.

Aunque nos hayamos rebelado contra ella, y creamos, arrogantes ingenuos, haberla derrotado, somos apenas una dichosa parte de la naturaleza.

¿Por qué habría de pensarse que construir la cultura obliga a destruir lo natural? Naturaleza y cultura se aceptan como son.

Si nos aceptáramos, como los humanos que somos, comprenderíamos que existe una forma de progreso distinta a la autodestrucción, el sesgo étnico, el genocidio y el odio. Ningún cambio ha de importarnos si no se acepta la vida como es.

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