Nosotros somos el tiempo
“¿Decís vosotros que los tiempos son malos? Sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores. Vosotros sois el tiempo”. La frase de san Agustín que mencionó Antonio Banderas en su discurso frente al papa León XIV me llegó y mucho.
Es fácil culpar a la época, a los gobiernos, a la sociedad, a la falta de valores, a las nuevas generaciones o a quienes toman decisiones. Miramos alrededor, enumeramos todo lo que está mal y terminamos convencidos de que poco podemos hacer. Esa mirada, aunque comprensible, también puede convertirse en una forma de autocomplacencia que nos permite lamentarnos sin movernos, señalar sin revisar nuestra conducta y esperar cambios que no estamos dispuestos a comenzar. Los tiempos no son una realidad ajena, construida por otros.
Están hechos de nuestras decisiones cotidianas, de la manera en que tratamos a quienes tenemos cerca, de lo que toleramos, de aquello que defendemos y también de nuestros silencios. Cada gesto suma: cumplir una promesa, hacer bien el trabajo, escuchar antes de juzgar, ayudar sin esperar reconocimiento, actuar con honestidad cuando nadie observa.
No siempre podremos transformar las grandes estructuras ni resolver de inmediato los problemas que nos preocupan. Sin embargo, sí podemos evitar convertirnos en parte de aquello que criticamos y podemos elegir no alimentar la indiferencia, la violencia, el egoísmo o la desesperanza. Cambiar nosotros no significa aceptar resignadamente lo que ocurre.
Al contrario, significa comprender que toda transformación verdadera necesita personas dispuestas a encarnarla. Personas que exijan un mundo mejor y vivan de acuerdo con ese mundo que desean. Quizá los tiempos sean difíciles. Pero también son nuestros. Y esa certeza, lejos de ser una condena, es una oportunidad: la de empezar, desde el lugar que ocupamos, a convertirlos en tiempos mejores porque todo cambio colectivo comienza primero en una conciencia individual.