Abrir una publicación de empleo se ha convertido en un ejercicio curioso. Arriba, una empresa buscando a la persona indicada. Abajo, decenas de personas diciendo que buscan una oportunidad. Lo llamativo es que, al final del proceso, la empresa sigue sin encontrar el perfil que necesita y muchos de esos candidatos continúan sin encontrar el empleo que buscan.
Las dos cosas ocurren todos los días. Las dos son ciertas. Y esa es, precisamente, la contradicción.
Si hay empresas buscando personas y personas buscando empleo, ¿por qué cada vez parece más difícil que unas encuentren a las otras?
Durante mucho tiempo creímos que el principal desafío del mercado laboral era generar más oportunidades. Sin embargo, basta mirar lo que ocurre cada día para entender que el problema ya no pasa únicamente por la cantidad de vacantes disponibles. Las oportunidades existen. El talento también. Lo que parece haberse vuelto más difícil es lograr que ambos coincidan.
Sería fácil reducir esta realidad a una lista de culpables. Decir que las empresas exigen demasiado o que los candidatos no reúnen las competencias necesarias. Pero esa explicación resulta insuficiente. Si el problema fuera tan simple, no seguiríamos viendo la misma escena una y otra vez.
La desconexión comienza mucho antes de la entrevista. Empieza cuando una vacante no comunica con claridad lo que realmente busca. Continúa cuando un candidato se postula sin detenerse a comprender lo que la empresa necesita. Crece cuando los procesos se prolongan sin respuestas, cuando las expectativas dejan de coincidir y cuando la comunicación termina siendo más escasa que las oportunidades.
Sin darnos cuenta, lo que debería ser un punto de encuentro termina convirtiéndose en dos conversaciones que avanzan en paralelo.
Las empresas hablan de productividad, resultados y competencias. Los candidatos hablan de oportunidades, estabilidad y crecimiento. Ninguna de esas aspiraciones es equivocada. El problema aparece cuando ambas partes dejan de escucharse y empiezan a asumir que la razón siempre está de su lado.
Las consecuencias van mucho más allá de una contratación que no se concreta. Una vacante que permanece abierta retrasa proyectos, aumenta la carga de trabajo y limita el crecimiento de una organización. Pero una persona preparada que sigue esperando una oportunidad también representa una pérdida. Se desaprovechan conocimientos, experiencia, ideas y talento que podrían estar generando valor en otro lugar.
Por eso, la conversación no debería limitarse a cuántas vacantes existen o cuántas personas buscan empleo. Esa discusión, aunque necesaria, ya no alcanza para explicar lo que está ocurriendo.
La pregunta verdaderamente importante es otra.
¿En qué momento dejamos de encontrarnos?
Porque un mercado laboral saludable no se mide únicamente por la cantidad de empleos que se crean ni por el número de currículos que se envían. Se mide por su capacidad para conectar oportunidades con talento.
Mientras una empresa siga convencida de que no encuentra a la persona que necesita y una persona preparada siga sintiendo que nadie le da la oportunidad de demostrar lo que sabe hacer, la discusión no será sobre vacantes ni sobre candidatos. Será sobre un mercado laboral que, poco a poco, dejó de conectar a quienes siempre debieron encontrarse. Y cuando una sociedad normaliza esa desconexión, el problema deja de ser de una empresa o de un candidato. Se convierte en un desafío que termina afectándonos a todos.
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