Miércoles, 13 de noviembre, 2019 | 10:29 am

No es un hecho aislado



Acaban de trascender los exquisitos privilegios de que gozaba un recluso de un centro penitenciario de La Vega. Las redes sociales se convirtieron en el mejor canal para conocer de qué forma se transgreden las normas que deben hacerse respetar cuando un ciudadano guarda prisión.

El recluso, que tiene nombre, apellidos y apodo, convirtió una fiesta privada, que armó en su celda, acompañado por dos mujeres, en la mejor evidencia de las falencias que tiene el sistema penitenciario. Ante esa flagrancia, la Procuraduría General de la República no tuvo otra alternativa que actuar.

Y lo hizo de una manera muy simple.

Trasladó al recluso en cuestión a otra cárcel y produjo la sustitución del alcaide del centro penitenciario.

Y no es suficiente. En adición debió ordenar una supervisión exhaustiva del centro penitenciario; y sobre todo, hacer una auditoría sustentada de las condiciones de los demás reclusos.

Si se presentó ese hecho, de seguro que otros reclusos gozan de privilegios silenciados, De ninguna manera se trata de un hecho aislado.

Habría que hacer un cómputo de cuántas neveras, estufas eléctricas, aires acondicionados, abanicos y otros efectos eléctricos tienen los reclusos en sus celdas.

A nivel nacional.

Ya que ese usufructo forma parte de los privilegios que, por ser comunes, pasan desapercibidos, o que las autoridades lo permiten sin ninguna objeción.

Eso, al menos, haría visible la magnitud del problema y establecer un régimen de consecuencias contra los auspiciadores y los beneficiarios.