No dañemos lo bueno
Dice un refrán que popularizó el balaguerismo en su afán continuista: Lo bueno no se cambia.
Bajo este lema se ha cometido un sin fin de abusos, pero no por ello debemos descartar su racionalidad.
En la vida cotidiana se presentan infinitos ejemplos por lo cual lo bueno no debe cambiarse, aunque ello tampoco signifique que se deje de evolucionar o superar.
En el campo de la salud hay dos magníficos ejemplos: el del Patronato de la Plaza de la Salud, y el del Patronato del Instituto Oncológico Dr. Heriberto Pieter.
En ambos casos, estas instituciones son dirigidas por prestantes ciudadanos comprometidos que han dado, y dan, sobradas muestras de vocación cívica. Dirigen centros de salud de reconocido prestigio, destacados en sus respectivos campos de prevención y curación.
Pero resulta que la vorágine humana, en su afán de ampliar sus redes de control y dominio, motivados por celos, envidia, o simplemente por la mezquindad de quien resiente el éxito, parece que ha puesto en su mirilla en la discontinuidad de la buena labor llevada a cabo; algo similar a lo que sucedió en su momento con el Hospital Padre Billini o el Liceo Salomé Ureña, y muchas otras instituciones.
Esto es, aprovechar todo lo bien que se ha hecho para desplazar esa buena labor por apetencias del ego y del bolsillo, que a costa del bien común y el servicio ejemplar satisface sus propias apetencias.
Nos parece que la denominada sociedad civil, las entidades religiosas y otras organizaciones representativas del ciudadano, deberían pasar balance de las entidades donde no se debe dañar lo bueno que hacen, y preservar la iniciativa comprometida del bien común, para que amenazas que afloran, derivadas de la ambición, sean moduladas, y podamos preservar y ampliar el radio de acción de aquello que se hace bien.