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Niños siendo niños

“Agranda la puerta, padre, porque no puedo pasar; la hiciste para niños, yo he crecido a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad; vuélveme a la edad bendita en que vivir es soñar”. Desperté el Día de Reyes con este poema en mi cuenta de X (Twitter) y me ha motivado compartirlo porque me ha transportado, con mucha nostalgia, a esa época de hace muchos años en la que un día como ese era pura emoción, magia y cero problemas.

Algo que, cuando llegamos a la adultez, es prácticamente imposible.
He comenzado a pensar en la necesidad de que, en este mundo actual, en el que todo va a una velocidad arrítmica que no nos da muchas oportunidades de disfrutar las cosas de manera genuina, dejemos a los niños ser niños.

No queramos que crezcan rápido, que sean capaces de hacer las cosas antes de tiempo; no les armemos una estructura en base a la mentalidad adulta y, sobre todo, no los sobreprotejamos para que no experimenten. Debemos dejar de analizar todo tanto, de ver a nuestros pequeños como seres moldeables según los cánones perfectos que nos pide la sociedad y permitirles crecer, descubrir, sentir (lo bueno y lo malo) y sobre todo ir a su ritmo. Muchas veces comparamos de manera innecesaria. Hay niños que llegan antes a algo, otros que lo hacen más tarde, pero en el momento en el que lo necesitan o es adecuado para ellos.

Permitamos que hagan cosas de niños llenas de ilusión, descubrimiento, inocencia y ganas de conocer el mundo que les rodea.

No queramos que sean como máquinas perfectamente engrasadas porque entonces estamos quitándoles una de las épocas que hoy, ya de grandes, todos en cierta forma añoramos. No les llenemos de miedos, prejuicios e información. Dejemos que los niños sean niños.

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