Sábado, 23 de marzo, 2019 | 7:15 pm

Migración, frontera y debate público



Hace unas semanas escribí sobre lo difícil que resulta en nuestro país discutir el tema migratorio y el fronterizo. Critiqué que algunos sectores ultras hayan copado el debate con insultos, impidiendo que la gente razonable (liberal o conservadora) pueda dialogar.

A raíz de ese artículo, alguien me señaló que sus posiciones conservadoras le han valido muchas veces el calificativo de racista, lo que considera injusto.

No sé si esa persona es o no racista, pero tiene un punto. La mayoría de quienes participamos en el debate gastamos demasiado tiempo señalándoles a los demás los que consideramos sus errores y atribuyéndoles etiquetas. Yo también lo he hecho.

En una democracia los ciudadanos debemos estar prestos a aceptar que en el debate público se expresen posiciones que, en lo personal, nos parecen inaceptables. Si no lo estamos, no podemos llamarnos demócratas. Las únicas limitaciones casi universalmente reconocidas al debate público democrático son la incitación al odio y a la violencia.

Por eso, debemos hacer un esfuerzo por debatir estos temas lejos del ruido que nos quieren imponer.
Dos hechos de los últimos días demuestran la urgencia de este debate. Uno, la muerte de un guardia fronterizo a manos de un contrabandista haitiano.

El otro, el retorno de los haitianos que trabajan para los industriales agrícolas que explotan el área cercana a Valle Nuevo.

Pienso que el primero de estos hechos pone de manifiesto el problema de una frontera incontrolada, donde habitantes de ambos lados se dedican, casi siempre impunemente, al tráfico de todo tipo de bienes y al de personas.

El segundo es una clara demostración de que la inmigración haitiana (legal e ilegal) tiene como causa efectiva la práctica de algunos empresarios de emplear mano de obra vulnerable a la que se le pueden pagar salarios de miseria.

Liberales y conservadores podemos coincidir en la búsqueda de soluciones a estos como a otros desafíos. Desde mi óptica, el contrabando fronterizo implica problemas obvios para la economía, mientras que el tráfico de seres humanos, que afecta en sí mismo la dignidad de los traficados, es la principal fuente de migración ilegal. Las diferencias de diagnóstico con un conservador no deben impedir el diálogo sobre soluciones prácticas y realistas. Diferencias las habrá, pero eso es natural y solucionable.

Lo que no debemos seguir permitiendo es que el secuestro del debate nos aleje del necesario diálogo.

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