Mi Iglesia es como es
Soy miembro de una Iglesia que es como es, pecadora, con una historia milenaria y un pasado tan humano del que me gustaría no tener que admitir.
No se me consultó si yo quería o no participar de su fila o si quería o no ser parte de sus seguidores.
Mis padres, sin saber muy bien lo que estaban haciendo, me llevaron a un sacerdote y le dijeron que querían que me bautizara.
Crecí sin que nadie me preguntase mi opinión sobre el mundo, sobre la Iglesia, y sobre todas las cosas que me rodeaban. Muy pocas veces me hablaron del compromiso y de lo que conllevaba ser miembro comprometido de esa institución, la Iglesia.
Al crecer fui descubriendo que formaba parte de un Reino, de una institución que traía dentro de si las semillas de un mundo más humano y más fraterno, y junto a ellas el yugo, la cadena de la insensatez humana, de la maldad humana.
Me metí en su historia, en la historia de los seguidores de Jesús y me encontré con lo que nadie se quería encontrar: guerras santas, opresión, extorsión, unión con el poder temporal, manipuleo de todas clases, me encontré con lo inesperado.
Divisiones humanas, individualismo, gente acomodada, gente que ha hecho de su vocación una profesión. Vi las increíbles incoherencias del pasado manejadas como obra de Dios.
Vi la imprudencia manejada y proclamada como osadía carismática. Vi al político frustrado, disfrazado de profeta de Jesucristo y al profeta de Jesucristo arrinconado, pisoteado y sacado del lugar donde tiene que estar, me encontré también algunos profetas de Jesucristo que habían convertido su vocación en taumaturgos sociales.
Vi a mi pueblo pecador moldeando a un Jesucristo de yeso y lo conservaban húmedo para que se amoldara al sabor de las cosas que les conviene y que querían oír, no las que tenían que oír.
Y me dije a mí mismo: esta es mi Iglesia, la que definitivamente no está aún redimida y que debe llenarse del Espíritu de Jesús.