Más sobre modernidad y posmodernidad

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Los conceptos de modernidad y posmodernidad han mantenido ocupado el pensamiento filosófico y sociológico de Occidente de las últimas centurias.

El de posmodernidad adquirirá mayor relieve a partir del informe que sobre la condición de ser posmoderno lleva a cabo Jean François Lyotard en 1979.

Ofrecer sobre ellos definiciones tajantes sería pecar de premoderno o antimoderno. Lo que el pensamiento más acucioso procura, antes bien, es develar la riqueza de su interacción dinámica, de su relación dialéctica, de su simbiosis y rupturas en los órdenes económico, jurídico-político, social, individual y cultural.

El destacado siquiatra, autor y dilecto amigo José Miguel Gómez me invitó a celebrar los doce años de su tertulia mensual en el Centro Cuesta del Libro, junto a un nutrido público que le ha sido leal.

El tema sugerido fue, precisamente, La posmodernidad vista por un escritor. Dada la heterogeneidad de los integrantes del auditorio, traté de que la reflexión sobre el tema, sin menoscabo de su complejidad y hondura, se desarrollase con un nivel de lenguaje, conceptos y categorías que mantuviesen el interés y llegasen a ser comprendidos por los participantes. Ni galimatías ni guirigay.

Tampoco saberes para principiantes. Más bien, un ejercicio de nietzscheana Gaya ciencia, guardando, por supuesto, las distancias.

Así, pues, hube de convenir en la necesidad de situar la modernidad, en términos históricos, económicos, culturales y sociales, así como ver en la posmodernidad un proceso evolutivo en el que, sin que se establezcan líneas fronterizas rígidas, por el contrario, la segunda acentúa, singularmente, los rasgos autocríticos y de autoafirmación temporal de la primera.

La modernidad está estrechamente vinculada a la revolución tecnológica, en tanto que medio que, a veces une y otras veces distancia al ser humano y a la naturaleza, estableciéndose la conclusión, según los hechos y los tiempos, de que la tecnología impone el ascendente dominante del ser humano sobre su entorno natural.

La posmodernidad, por su parte, se vincula al auge de los medios de comunicación y la digitalización.

En consecuencia, convendría librarse del equívoco de fechar la modernidad y presentarla como un reducto de lo que antecede a la posmodernidad.

Se trata, al contrario, de situarla como acontecimiento socioeconómico y cultural en el que el individuo y los procesos históricos mismos experimentan transformaciones relevantes.

No hay contenidos antagónicos entre la modernidad y la posmodernidad. Muy por el contrario, sus fronteras analíticas unen, antes que separar.

La vida real es incoherente y contradictoria, contrario a ciertas aproximaciones teóricas que procuran reducirla a lo evidente, simple, predecible.

Vivimos en un mundo, a la vez, pre-moderno, moderno y posmoderno. Bauman (2014) ve en esos tres mundos idealizaciones abstractas de aspectos mutuamente incoherentes del proceso vital.

No se trata, pues, de compartimientos estancos, sino más bien, de estrategias de vida, sobre todo, en lo que atiene a la modernidad y la posmodernidad, que, en los tiempos actuales, antes que fronteras, nos presentan simultaneidades.

Desde la perspectiva de Lyotard (1988), la modernidad, antes que como una configuración socio-económica o como un sistema socio-político, debe entenderse como un modo de pensar, de hablar, de sentir.

Lo mismo ha de ocurrir con la posmodernidad, porque, en definitiva, de lo que se trata es de individuos inmersos en contextos sociales, económicos y culturales, condicionados por un tiempo y un espacio específicos, aunque no por ello menos ambiguos.

Así construye Lyotard la noción de condición para el análisis y configuración del estadio de la posmodernidad y para la conceptualización del estadio sociocultural de la posmodernidad.

Con este último, por su fragmentación intrínseca, los grandes relatos (religiosos, históricos, ideológicos, científicos) que sustentaron la modernidad van a perder su hegemonía.

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