Luis Almagro y un “ya veremos”

Luis Almagro y un “ya veremos”

Luis Almagro y un “ya veremos”

Freddy Bretón Martínez, autor de la obra “El apellido Bretón en la República Dominicana”, menciona conmovido a una señora llamada María del Carmen Bueno, de la que expresa se salvó de ser asesinada al buscar refugio debajo de un montón de cadáveres…

Explica, entonces, que escuchó “en numerosas ocasiones” a su padre y a otros mayores referirse a esa historia. “Hablaban siempre de que los haitianos invitaron a los moradores a que asistieran a la iglesia para un perdón general”.

El “perdón” fue la matanza ejecutada por las tropas haitianas comandadas por Dessalines en la iglesia de Moca el 3 de abril de 1805.

He tomado los detalles de un párrafo que el presidente de la Academia Dominicana de la Lengua, el intelectual Bruno Rosario Candelier, sitúa como introducción en su libro “El degüello de Moca”, (Amigo del Hogar, 2018).

Pensé, a seguidas, en las recientes declaraciones del secretario general de la OEA, Luis Almagro, quien reiteró la pasada semana que tanto República Dominicana como Haití están situados, ambos, en una isla y que, por este accidente geográfico, “se trata de un solo país, porque en una isla no pueden haber dos países”.

Frank Moya Pons, al referirse a los días previos a la proclamación de nuestra independencia, el 27 de febrero de 1844, nos recuerda el manifiesto que hicieron público los trinitarios en el cual invitaban “a la rebelión contra los haitianos” luego de enumerar una serie de agravios que, a su juicio, había padecido la población dominicana durante los veintidós años de su dominación.

Estos eran los correctivos que demandaban: la potestad de “escribir los documentos oficiales en idioma español”, “la observancia de nuestra religión católica”, “permitir a los ciudadanos conservar su idioma, así como los usos y costumbres nativos locales”.

Los haitianos parecían sentirse furiosos por “el calor y la terquedad” con la que los dominicanos defendían estas propuestas, al extremo de que uno de ellos, Jean Batiste Morin, llegó a exclamar: “Estamos perdidos, la independencia de los dominicanos es un hecho” (Emilio Rodríguez Demorizi, “Invasiones haitianas en 1801, 1805 y 1822”).

Para sofocar los aprestos de los contestatarios del lado este fue enviado el general Charles Herard al frente de un considerable ejército.

Al llegar a Dajabón, relatan los historiadores, el alto militar reaccionó boquiabierto al encontrar una población totalmente desconocida para él, “de otras costumbres”, “de otras inclinaciones, con un idioma diferente” por lo que tuvo que valerse de un intérprete para que pudieran comprenderle.

Leamos sus impresiones tras hacer acto de presencia en San Francisco de Macorís: “Me fue denunciado un cura como jefe del partido trinitario del pueblo.

Él había intentado atraerme a su casa con mi estado mayor para hacernos asesinar en la noche mientras dormíamos.

Se encontró en su casa una bandera nacional, sobre cuyo color azul había escrito “¡abajo el tirano!” y un llamamiento al pueblo contra mí”.

Herard llega a la ciudad de Santo Domingo un 12 de julio y observa que todas las puertas de las casas están cerradas.

Al abandonar la ciudad, tiempo después, sus habitantes continúan “aterrorizados por los allanamientos, realizados por las tropas que buscaban a Duarte y sus compañeros, quienes habían sido denunciados al jefe haitiano”.

El libro “Asombrado por los valores”, de Jesús María Tejada, es citado por Bruno Rosario Candelier en su obra sobre ese crimen masivo ejecutado por haitianos contra centenares de mujeres, niños y ancianos indefensos en 1805: “¿Por qué ese horror de 500 personas degolladas, unos 40 cuerpecitos de niños tirados en el presbiterio de la iglesia del Rosario de Moca?”, se pregunta Tejada, francamente conmocionado.

Pienso, tras estos testimonios, que me ha sido muy difícil hacer a un lado las palabras del indescriptible Luis Almagro de que República Dominicana y Haití son o deben ser un solo estado.

Cierro los ojos y reflexiono que vivimos tiempos complicados y peligrosos y que el horror puede estar al acecho al doblar de cualquier esquina. Bueno, ya veremos. Sí, ya veremos.



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Roberto Marcallé Abreu

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